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ÚLTIMA HORASe estrella un avión militar F-18 en la base aérea de Torrejón (Madrid)

Marco Aurelio y la ética del poder

El ilustre ciudadano Marco Aurelio Antonino Augusto, nacido en Roma (26 de abril del 121 d. C.) y muerto en la antigua Vindobona, cerca de la actual Viena (17 de marzo del 180 d. C.), fue el decimosexto emperador del imperio romano.

Gobernó durante 19 años y 11 días (7 de marzo del 161 hasta el 17 de marzo del 180 d. C.). Marco Aurelio ha sido y es una de las figuras más interesantes y atractivas para los estudiosos de numerosas disciplinas académicas. Su nombre figura incrustado con letras de oro en los libros de Historia por ser uno de los cinco “emperadores buenos”, como los llamó Nicolás Maquiavelo en La mente del hombre de Estado y luego divulgó Edward Gibbon en su celebrada obra The History of the Decline and Fall of the Roman Empire. Los mismos libros plasman el nombre de Marco Aurelio en relación a las importantes campañas bélicas del oriente (guerras párticas) y del occidente (guerras marcománicas) del extenso imperio romano, en un momento histórico trascendental, el siglo II de nuestra Era. Entre guerras, grave crisis económica, desastres naturales y epidemias. El nombre de Marco Aurelio también destaca en la historia de la Medicina. Durante su reinado ocurrió la famosa y grave “peste” de los Antoninos (o “peste” antonina), también conocida con el nombre de “peste” de Galeno, su médico personal y familiar. Una epidemia catastrófica que muy probablemente no fue verdadera peste bubónica, sino viruela. La biblioteca interminable y apasionante de la gran literatura universal acoge en los milenarios anaqueles la única obra escrita atribuida a Marco Aurelio. Un libro de muy difícil clasificación en cuanto a su género. No es un diario o dietario. Es la obra de un escritor exquisito, más por el fondo que por la forma, quien dejó para la posteridad lo que en realidad, muy probablemente, debió de ser un manual para uso propio, una suerte de guía espiritual. Un catecismo laico. Su título original, en griego, (Τα εις εαυτoν, que significa escrito para sí mismo) así lo sugiere. Este libro, las Meditaciones, comparado por John Stuart Mill (1806-1873) con el Sermón de la Montaña, se sigue publicando año tras año en numerosos idiomas. Finalmente, el pensamiento y la filosofía amparan al filosofo Marco Aurelio, discípulo destacado de la escuela estoica (la del pórtico pintado o cromado, Stóa poikilé)creada por Zenón de Citio (333-264 a. C.) y seguida por Epícteto, Séneca y el propio filósofo emperador.

Cabe preguntarse, como hace McLynn en la primera frase de la Introducción de su excelente biografía sobre Marco Aurelio: “¿Por qué estamos interesados en un emperador romano que vivió hace dos mil años?”. Acaso una de las razones, y no la única, sea que “Marco Aurelio resulta un tipo de héroe muy poco frecuente en la Historia”, en palabras de Carlos García Gual. O, en opinión de Herodiano, quien dijo que era “El único de los emperadores que dio fe de su filosofía no con palabras ni con afirmaciones teóricas de sus creencias, sino con su carácter digno y su virtuosa conducta”. O, si se permite la petulancia de expresar nuestra propia opinión entre tanto ilustre, porque Marco Aurelio es un modelo ético de ciudadano y de gobernante. Según recoge la Historia Augusta, Siempre tuvo en sus labios la sentencia de Platón, según la cual las ciudades son florecientes si las gobiernan filósofos, o si los gobernantes practican la filosofía. Fue un tipo de persona y de personaje que brilla por su ausencia en estos tiempos de ahora, atufados de pestilencias putrefactas, o de peste moral incubada y expelida por la hojarasca política, económica y social. Y sin el amparo paliativo de la necesaria filosofía.

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