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HISTORIAS A MEDIA MAÑANA

Arena y salitre

La semana pasada me juré que nunca más contrataría unas vacaciones de playa

Claro que me gusta la playa. Media hora antes de bajar a la arena, en mi imaginación, la playa es ese espacio de soledad y calma, de brisa y de rumores. Se me olvida, no falla, las avispas que rondan las papeleras con los envoltorios de los helados convertidos en una sopa pegajosa, los pies raspados por la sal y las conchas rotas, las conversaciones indiscretas, las toallas agitadas al viento por los vecinos de sombrilla, que esparcen la arena sobre la crema solar de mi espalda.

Se me olvida. La semana pasada me juré que nunca más contrataría unas vacaciones de playa. El precio. Qué precios, por favor. Mis libros, reservados durante todo el año para esas tardes eternas bajo la sombra, que regresan a casa sin leer, ondulados por el agua y descoloridos por el sol, con las hojas crujientes y quejumbrosas. Las llaves, que nunca sé dónde guardar. Las chanclas, que he de rescatar, medio ocultas entre la arena, como una ruina arqueológica de plástico azul.

Pero pasan las semanas, pasa el largo exilio del asfalto, la rutina, el trabajo y todo lo que ocupa los días. Y desaparece todo lo que no sea la llamada del azul eterno y rugidor, desaparecen los niños y los vendedores de fruslerías, tan pesados como las avispas, se desvanecen los mosquitos que al atardecer, enardecidos por el protector solar, se ceban sobre los veraneantes. Claro que me gusta la playa. Esa con la que sueño, la que me sirve de refugio cuando me encuentro, año tras años, en la real.

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