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Llamada de la historia

Inés de Castro

Reina póstuma de Portugal junto a Pedro I El Cruel

Una leyenda. He venido a contar mi leyenda. Lo digo así porque mi vida fue más bien corta, aunque en aquella época histórica tampoco es que la media de vida fuese excesiva. Lo mío, en cualquier caso, no fue una muerte natural, fui asesinada, brutalmente asesinada.

Pero desde luego que ese no es el comienzo de mi historia, sino el final. Es el mío un origen gallego. Perdonen lo primero si pongo el predicado antes del sujeto, parece que me siento más en época, todavía me siento extraña charlando en este siglo suyo tan…tan de todo. Era yo una buena muchacha, una buena hija bastarda, que la época de la que les hablo era muy así, muy de bastardos y de relaciones extramatrimoniales bien penadas, de medios hermanos y demás prebendas.

Decía que mi origen es gallego, pero en realidad soy conocida en Portugal, donde se desarrolló tanto mi vida como mi historia de amor. Una heroína romántica... Todavía hay quien lo dice. Mis raíces gallegas me llevaron a una infancia en Villena, y allí pude tener contacto con poetas y artistas, en el palacio del duque de Peñafiel, gracias al que entablé buena relación con su hija, a la que tuve el honor de acompañar como dama en su viaje a Portugal donde debía casarse.

Al novio lo conocí justo el día antes de la boda. Se llamaba Pedro, era infante. Y no quería casarse porque no le habían dejado elegir, y Constanza, que así se llamaba la novia, no le convencía. Dicen que fue entonces cuando se prendó de mí, que era entonces una joven rubia y elegante. Sí he de reconocer que era algo diferente a las demás mujeres de mi época, mi belleza era distinta.

La pasión fue correspondida. Incluso Constanza se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, así que decidió que yo sería la madrina de su hijo, porque con este nuevo grado de parentesco se garantizaba que Pedro no pudiera tener algo conmigo. Lamentablemente, el niño falleció así que no hubo familiaridad alguna.

Cuando el rey se enteró de la historia de amor paralela que mantenía su hijo conmigo, decidió que el exilio era lo mejor para mí. Así que relación amorosa fue a ser solamente epistolar. Un año después Constanza muere y entonces Pedro consigue que yo haga el camino de regreso de España a Portugal.

Tumba que Pedro I de Portugal mandó construir en honor a su mujer, Inés de Castro. Pies con pies para que lo primero que viese Pedro al abrir los ojos en su resurreción fuesen los ojos de Inés. / cadena ser

Fueron entonces los años de nuestra vida en común, de poner en común precisamente nuestro romance, de vivir en familia, porque no les había dicho que en todo este periplo fuimos padres de hasta cuatro hijos, todo en cinco años. Nos casamos en secreto y disfrutamos de nuestro amor en Fonte dos amores, un lugar de confidencias que sigue siendo lugar de visita de enamorados.

Fui entonces considerada una amenaza para el Estado portugués, mis hijos podrían enfrentarse al legítimo, los apoyos desde Castilla también molestaban al rey Alfonso IV, padre de Pedro, y al ser considerada peligrosa, se decidió mi final, que no era otro que la muerte. Fue el rey el que llegó dispuesto a llevar a cabo su plan, pero se apiadó de mí, que estaba entonces rodeada de niños. Llegaron entonces tres caballeros leales al rey y terminaron, o eso creían ellos, con nuestra historia. Terminaron conmigo, de una manera cruel y despiadada que no es necesario que narremos aquí y ahora.

Cuando Pedro se enteró de mi muerte, emprendió su propia batalla contra su padre primero y contra los ejecutores después. Porque su padre falleció pronto y a Pedro solo le quedó vengar mi muerte haciendo lo propio con aquellos tres secuaces que habían cumplido con el plan.

Lo siguiente que hizo fue reconocer nuestra boda secreta, y de esta manera, fui nombrada reina póstuma, terminando así la historia y comenzando la leyenda.

Reina con todas las honras, como que mis restos reposen en el monasterio donde se enterraban los monarcas portugueses. Reina con todas las honras porque dicen que Pedro mandó sentar mis restos en un trono y que la corte tuviera que besar la mano de mi cadáver. Reina con todas las honras porque el amor de Pedro llegó hasta mi tumba, que mandó construir con una estatua coronad y de manera que mis pies tocaran sus pies cuando llegase el momento de su fin, porque así, lo primero que haría al resucitar sería ver mis ojos y fundirse en un abrazo.

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