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HISTORIAS A MEDIA MAÑANA

Desde la ventana

Al menos, este edificio no es inteligente. Es más bien limitado, como casi todos los que trabajamos aquí, con lo que aún nos permite elegir por nosotros mismos la temperatura, el grado de exposición al sol e incluso podemos abrir las ventanas

Al menos, este edificio no es inteligente. Es más bien limitado, como casi todos los que trabajamos aquí, con lo que aún nos permite elegir por nosotros mismos la temperatura, el grado de exposición al sol (por el primitivo método de subir o bajar las persianas venecianas) e incluso podemos abrir las ventanas. Cuando estos gestos simples se convirtieron en lujos, en decisiones tomadas por otros, no lo sabemos exactamente. Qué más da. Hemos perdido cosas más importantes por el camino.

Desde luego, lo que no hacemos es fumar; pero sí tomamos a veces un café frente a la ventana abierta, que nos ofrece una fascinante vista sobre el juzgado. Allí, a unos metros, se dirimen pequeñas tragedias cotidianas. Exactamente lo mismo que en nuestra oficina. Cualquier día también cometermos algún asesinato. Quién no ha escrito una lista mental de posibles víctimas...

En una ocasión, mientras comía un yogur allí, apoyado sobre un motor de aire acondicionado, vi a una novia solitaria: su vestido se abombaba a casa paso, como una burbuja blanca a punto de reventar, contenida por el velo. No llevaba ramo, caminaba a una velocidad insospechada, y la vi perderse al doblar la esquina. Ni damas, ni padrino, ni coche, ni novio, ni bolso. Como una aparición de una novia desdichada que hubiera decidido vivir como espectro en el juzgado, y avisar a las parejas "en este cuarto me casé yo". A veces especulamos sobre qué le pasó. No parecía huir, ni particularmente desdichada, tampoco feliz. Continuamos dándole vueltas. Es un privilegio de no ser demasiado inteligentes.

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