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EN DIRECTOToda la información del doble atentado en Cataluña, minuto a minuto

Gernika

Un total de entre 59 y 62 aviones (el 20% de la fuerza aérea franquista) lanzaron un mínimo de 31 toneladas de bombas, una buena parte de ellas incendiarias, sobre un área de 0,13 km2 en la que se agolpaban unos 10.000 civiles que habían acudido al mercado semanal a fin de aliviar el hambre que estaba causando el bloqueo naval de Bilbao, ciudad que albergaba a 150.000 refugiados.

“Desde el lugar en que nos hallábamos vimos caer las bombas. Los aviones daban vueltas y vueltas por encima de nosotros. Parecía que nos buscaban. Y era verdad: buscaban cuatro mujeres. Había allí cerca un caserío. Corrimos hacia la entrada. Estaba cerrada. Entonces nos pegamos materialmente al quicio de la puerta queriendo protegernos unas con otras. Yo quedé en medio. Un avión dio la vuelta al caserío, tirando, con la ametralladora. Saltaba la tierra delante de nosotras. De pronto oímos un crujido espantoso: sobre el caserío cayó una bomba. La trepidación me lanzó al suelo en medio de piedras y ladrillos. Mi hija mayor, que tenía veintisiete años murió instantáneamente, aplastada. La otra, la más joven, que se iba a casar, tuvo tiempo de cogerme la mano, apretarla un poco y exclamar: “¡Ay!”. Dio un suspiro, y con los ojos clavados en mí, murió. No sé cuánto tiempo estuve allí entre mis dos hijas muertas. La sangre me corría por el cuello. Al cabo de un rato me recogieron ”.

Esto ocurrió en Gernika, hace 80 años. Lo contó María Olabarria.

Un total de entre 59 y 62 aviones (el 20% de la fuerza aérea franquista) lanzaron un mínimo de 31 toneladas de bombas, una buena parte de ellas incendiarias, sobre un área de 0,13 km2 en la que se agolpaban unos 10.000 civiles que habían acudido al mercado semanal a fin de aliviar el hambre que estaba causando el bloqueo naval de Bilbao, ciudad que albergaba a 150.000 refugiados. Como resultado de este despliegue de medios, el centro urbano de Gernika fue completamente arrasado. Tal como lo describió Francisca Arriaga, “volví a la villa a la mañana siguiente. Estaba gris y nublada. Algunos de los fuegos ardían y había focos de fuego humeantes en diversos lugares. Fui por la calle San Juan y vi el cuerpo de Felipe Bastarretxea bajo el puente de Errenteria. Estaba tendido boca arriba, cerca de un pequeño bote. Crucé el puente y seguí por la calle San Juan. Cuando llegué cerca de los refugios, pude oír los gritos de las personas que provenían de ellos. Todavía había algunas personas con vida bajo los escombros. Había montañas de material sobre algunos de ellos. Habría sido imposible sacarlos. Preferiría morir que ver ese horror una vez más”.

Este testimonio contrasta con el de Hans J. Wandel, un joven piloto que fue derribado días más tarde cuando realizaba un experimento que radicaba en calcular cuantas personas podía alcanzar con sus ametralladoras, que disparaban 40 balas de 7,92 mm por segundo a 900, 600 y 500 metros de altura. Cuando el gudari que lo apresó le quitó la cartera descubrió que Hans tenía una carta para su novia Else. En ella se leía: “España es un país magnífico. Lo podemos destruir en unas pocas semanas. Ayer enterramos un pueblo [Gernika]”.

271 edificios fueron totalmente destruidos, lo que supone el 85,22% del total de las edificaciones de la villa. Tan sólo el 1% se salvó de la destrucción, el núcleo industrial de la villa con su fábrica de armas, que se situaba al otro lado de la vía de tren, a tan sólo 20 metros del área arrasada y es que como recordaba Imanol Agirre, un niño de apenas 10 años de edad, en el curso de un bombardeo rebelde era más seguro estar en una fábrica de armamento que en un hospital.

El Gobierno Vasco registró 1.654 muertes y en su parte especificó que muchas más habían quedado bajo los más de 60.000 m3 de escombro que no serían retirados hasta diciembre de 1941 por las autoridades franquistas, sin que se registrara el hallazgo de ni un solo cuerpo sin vida.

80 años más tarde nos reunimos en Gernika, y aún se oyen los ecos de aquellos discursos que negaron el bombardeo y seguimos siendo testigos de los horrores y el sufrimiento que generan los bombardeos aéreos. No obstante hay razones para ser optimistas. Este año nos hemos abrazado en Gernika, de mano de Gernika Gogoratuz, los descendientes de aquellos que estuvieron bajo las bombas en Gernika y otras villas y ciudades vascas y no vascas, y los descendientes de Wolfram von Richthofen, arquitecto de aquel bombardeo, y Rudolf von Moreau, uno de los principales pilotos de bombardeo de la Legión Cóndor.

Debemos creer que la paz tiene una posibilidad, aunque a día de hoy no sea así.

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