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Heródoto, el padre de la Historia

La Historia, la extensa y maravillosa obra de Heródoto, dedica sus cinco primeros libros a narrar la evolución y las costumbres de los pueblos que componían la Oikouméne –el «mundo conocido»–, como persas, babilonios o egipcios. Se trata de una trabajo previo, una mera contextualización de aquello que iba a ser el verdadero objeto de su obra: las Guerras Médicas.

En esas multitudinarias batallas, libradas entre los años 490 y 479 a.C., los griegos emplearon su superioridad armamentística y táctica para evitar caer en manos del ejército asiático, cuyos efectivos cuadruplicaban a los de las ciudades helenas. Impacta pensar que el Imperio persa, que se extendía desde el alto Egipto hasta el mar de Aral y desde el mar Egeo hasta el río Indo, ocupaba unos diez millones de kilómetros cuadrados, una superficie ochenta veces superior a la de Grecia. ¿Cómo no sentir una obsesiva atracción hacia unos épicos enfrentamientos tan cercanos en el tiempo y en el espacio?

Ante todo, Heródoto fue un autor que tomó la determinación de construir un valioso legado para las generaciones futuras, y así, acometió la ingente tarea de fijar por escrito el resultado de sus largas investigaciones «para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros –y en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento– queden sin realce» . Fue por tanto el primer historiador. El romano Cicerón le otorgó ese merecido título, aunque Heródoto no pudo ser consciente de ello por la simple razón de que ni la disciplina ni el término existían en su época.

Heródoto se sentía tan atraído por el recuerdo de las Guerras médicas, libradas en la época en que él nació, porque nunca hasta entonces se había producido una invasión militar tan masiva como la de Jerjes, que emprendió su marcha sobre Grecia con más de doscientos mil efectivos de infantería y de caballería, además de unas seiscientas naves que se desplazaron costeando en paralelo a las tropas terrestres. Pero, ante todo, a Heródoto le cautivaba la trascendencia de aquellos enfrentamientos: si los griegos no hubieran vencido en las batallas de Salamina y de Platea en los veranos de 480 y de 479 a.C., la civilización clásica griega nunca habría llegado a ser lo que fue. Convertida Grecia en una satrapía más del Imperio persa, la democracia ateniense habría quedado abolida y los grandes pensadores y los artistas clásicos sin posibilidad de florecer. Los abuelos y padres de los protagonistas del siglo de oro habrían muerto si los ejércitos de los que formaban parte hubiesen caído derrotados en las aguas de Salamina o en la llanura de Platea, y los que hubieran escapado con vida habrían sido esclavizados o, con suerte, huido hacia las colonias de Sicilia y del sur de Italia. Atenas, por tanto, jamás habría llegado a ser el lugar de encuentro donde durante décadas se dieron cita pensadores y creadores de toda la Hélade. En cuanto a Roma, también habría sido muy distinta sin absorber la esencia de la civilización griega, que tanta admiración despertó en sus clases sociales más influyentes. La sociedad romana utilizó la riqueza cultural helena como modelo durante varios siglos, importando y copiando sus elementos definitorios: conceptos, instituciones, técnicas militares, dioses, patrones estéticos, etc. Sin el apogeo griego, la República romana nunca habría alcanzado semejante prosperidad. También es lógico pensar que Jerjes o sus sucesores en el trono habrían continuado su expansión hacia el oeste hasta invadir la península itálica, en cuyo caso el Imperio persa habría acabado enfrentándose a los cartagineses para obtener el control del Mediterráneo central… En fin, podríamos continuar avanzando en este ejercicio de historia-ficción, pero resulta evidente que la evolución de la Humanidad, por lo menos en esta parte del mundo que hoy llamamos Occidente, habría sido muy distinta si la expedición de Jerjes hubiese conseguido su propósito.

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