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Palmeras salvajes

Perder (o ganar) por mucho

Manuel Jabois reflexiona sobre la destitución de un entrenador de fútbol base tras una victoria de su equipo por 25-0

Quiero hacer hoy una pequeña confesión: en otra vida fui tenista. Cuando era niño y cuando era joven también. Y cada vez que me cruzo con mis antiguos compañeros me preguntan porque dejé de jugar al tenis. Reciben todos la misma respuesta: porque yo jugaba muy bien, competía muy mal y tenía un defecto que me hacía mal tenista y mejor persona: no soportaba ganar.

Cuando tenía un partido en ventaja me bloqueaba psicológicamente y finalmente terminaba derrumbado en la pista. Estaba más concentrado en que estuviese bien ni rival que en mi propio bienestar y si yo perdía, él ganaba y nos íbamos contentos los dos para casa.

Esto viene a cuento de una noticia que publicó El País esta semana: han destituido a un entrenador de un equipo alevín por ganarle a otro equipo veinticinco goles a cero. El deporte es uno de los mejores lugares en los que educar a un niño, precisamente porque enseña perder y también enseña de alguna manera a que en el fútbol, como después en la vida también, se van a encontrar un 25-0 en contra.

Me parece bien que de resultados tan abultados se les proteja como se les protege de ciertas noticias en casa o en el colegio, pero conviene enseñarles a hacer lo correcto dentro de unas normas no sólo deportivas sino también morales.

Por eso los niños que perdieron 25-0 en una categoría en la que a veces hay dos años de diferencia, con la correspondiente ventaja física, no fueron humillados como he escuchado y como he leído por ahí. Lo hubieran sido si sus rivales hubiesen dejado de jugar, hubiesen fallado goles adrede, hubiesen perdido las mismas carreras que pierdo yo contra mi hijo de cuatro años -y pobre de mí cómo le gane sin querer.

No fueron humillados, hicieron algo tan normal como perder por mucho. Otras veces ganaran por mucho. Lo que no va a ocurrir nunca es que pierdan mucho siempre y ganen mucho siempre.

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