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A MEDIA MAÑANA

Junio

Cae el calor como una manta de plomo de las que colocan antes de una radiografía, y la pobre perra se desploma en el pasillo, en el lugar más fresco de la casa, con las orejas desplegadas y la mirada implorante, como si yo pudiera hacer algo para evitar el inexplicable sol que golpea las ventanas

Cae el calor como una manta de plomo de las que colocan antes de una radiografía, y la pobre perra se desploma en el pasillo, en el lugar más fresco de la casa, con las orejas desplegadas y la mirada implorante, como si yo pudiera hacer algo para evitar el inexplicable sol que golpea las ventanas. Nos arrastramos todos con una languidez repetida cada año, pero que cada año nos toma por sorpresa.

Aún así, en esta ocasión lo estoy pasando algo peor. No soporto la peluca. De todo este proceso de luchar contra el bicho, lo que más me está costando es lo que todos consideran una tontería, la peluca. Ponte un pañuelo, mujer, me dicen las enfermeras. Pero yo no me veo. Mis hijos me miran, horrorizados, porque cualquier cosa que les lleve a mirar de frente al cáncer les transforma en niños pequeños. Pero qué más dará la peluca con lo que estás pasando... Para mí sí es importante. Se ha convertido en una rutina más. Pintarme los labios, aunque no tenga la menor gana. Cuidarme la piel con cremas, engrasarme la carita como si fuera un zapato al que devolver la tersura, porque se me secan los labios y la frente, no importa lo que haga. Peino la pelucha. Me miro al espejo y suspiro. Esto pasará, le digo a la perrita, que me mira, agobiada de calor bajo su propia melena. Y golpea el suelo con la cola, mientras levanta una capa de pelos, y parece decirme que sí, que es cuestión de tiempo, que pasará.

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