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HISTORIAS A MEDIA MAÑANA

El velatorio

Admiro con qué desenvoltura se maneja mi padre en estas circunstancias

Admiro con qué desenvoltura se maneja mi padre en estas circunstancias. Abre la puerta, se dirige a los familiares, da un enérgico abrazo (a veces las cajas torácicas chocan con un sonido característico, acompañado de unas contundentes palmadas en la espalda) y, con la mirada fija en los ojos del otro, dice las manidas palabras: te acompaño en el sentimiento. Para lo que quieras.

Yo, en cambio, no sé qué hacer, ni qué decir. Me muevo con torpeza, intento decir algo original, quiero ser tierno, compasivo, firme. Lucho con mi propio dolor, con la pena que me invade al ver a quien ha muerto, o su ataúd cerrado. A mí no me educaron para sufrir. Con sorpresa y un poco de escándalo veo como al poco de llegar mi padre se marcha con otros amigos para tomar una copa, para llorar sin lágrimas y acabar con risas de celebrar la ausencia del fallecido. No sé si es una falta de respeto o un escape psicológico. A mí me educaron en lo políticamente correcto, y por debajo de todos esos se debe, no se debe, no sé qué siento. Digo, como mucho, Aquí estoy, pero me miran como si estuviera loco por recalcar lo obvio. Salgo al final del velatorio peor de lo que entré, con un dolor que no se encuentra en el cuerpo. Tengo la sensación de que se me escapa algo, prometo no regresar a un tanatorio. Luego se me olvida. No me educaron, seamos claros, en el hábito de reflexionar por demasiado tiempo.

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