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HISTORIAS A MEDIA MAÑANA

Mil y una

Entonces, Sherezade vio que el sultán se había quedado dormido

Entonces, Sherezade vio que el sultán se había quedado dormido. Se levantó con sigilo y salió al aire de la noche. Historia tras historia, había logrado alejar a la muerte; cada día comenzaba una. Cada noche acababa otra. Mil historias, cada una con un pequeño zarpazo en el vientre. Pero, sin esa amenaza constante, sin el alfanje que brillaba, colgado sobre la cama ¿hubiera sido capaz de inventar esas vida de marineros, de viajes, de genios, de amor y de lujuria?

Cuando finalizaba una, se abría un pequeño vacío a sus pies. De dónde saldría la siguiente era un misterio en el aire, un garabato de imaginación que saltaba de alguna parte a su cabeza, y de ahí a su boca. La historia mil y una llegaría, como siempre aparecían para salvarle la vida. Regresó a la cama, junto al hombre que dormía.

Regresemos tú y yo a la realidad, tú, oyente. Yo, que narro. Mis historias no han sido mil, pero también me han dado la vida. No sé de dónde surgían, pero confío en ese malabarismo, en las palabras, en la amabilidad de quien al otro lado de la radio se ha detenido, a media mañana, a escucharme durante todos estos meses. Confío en esa respiración que suena junto al oído, en la necesidad de contar, y en la de escuchar. Toda historia nos concede una tregua ante la muerte, aunque no podamos evitar que llegue el final. Gracias, la noche es larga, el alba asoma, mi voz, por esta historia, calla.

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