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PALMERAS SALVAJES

Oubiña, la corta distancia

El crimen de Oubiña fue inundar de droga una generación que no tenía información sobre lo que se avecinaba. Murieron miles de jóvenes con sus madres desesperadas porque la justicia no hacía nada, y Oubiña a aquellas madres las llamaba "las locas borrachas"

Laureano Oubiña no ha sido el narco gallego más peligroso, ni el más veterano, ni el más productivo, pero sí ha sido el más famoso. O más que famoso, folklórico. Por un motivo: la compra da Pazo Baión y todo lo que simbolizó aquello. Fue el momento del mayor apogeo de Oubiña y de los que, como Oubiña, decidieron que una vida de trabajo y privaciones (en el mar y fuera del mar, en la ley y fuera de la ley) merecían un homenaje como ése. Y el negocio y la impunidad que todo el mundo conocía y callaba se convirtieron en una exhibición de riquezas y disparates públicos.

Pazo Baión es una propiedad digna de Falcón Crest: una mansión enorme y la mayor producción de uva de vino albariño de Galicia. Que lo tiene en posesión de repente, como dice él, un simple transportista. Ahí nacen para España dos figuras: el juez estrella Baltasar Garzón y el narco al que por fin se le pierde el respeto socialmente. De hecho, él fue detenido vestido con un pijama de rayas.

Oubiña nunca fue condenado por tráfico de cocaína. El crimen de Oubiña y de la generación de Oubiña (los Sito Miñanco, los Manolo Charlín) es que inundaron de drogas "blandas" una generación que no tenía información sobre lo que se avecinaba. No es lo mismo ahora fumar un porro que fumarlo entonces, cuando no se sabía qué pasaba si uno ascendía en la escala de la droga.

Hoy todo el mundo sabe, entonces nadie sabía. Murieron miles de jóvenes con sus madres desesperadas porque la justicia no hacía nada. Ni la justicia ni la sociedad y Oubiña a aquellas madres las llamaba "las locas borrachas". Hubo dos exhibiciones en los años 80 en Galicia: la de los yonquis muriéndose en la calle y la de los narcos comprando pueblos enteros para blanquear.

Ahora está escribiendo sus memorias y el problema original de unas memorias siempre es intentar acortar la distancia entre lo que se cuenta y lo que realmente pasó. Pero en el mundo en el que creció Oubiña la distancia habitual es entre lo que pasó y lo que se cuenta; si alguien puede reducir esa distancia es él.

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