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Palamós, el claustro mágico

El libro «El último claustro» relata las claves de cinco años de investigación sobre una supuesta obra maestra del arte románico español rodeada de enigmas y de la que emerge la peripecia vital de las tres familias que convivieron con las misteriosas arcadas a lo largo del siglo XX.

Cuando en junio de 2012 vi por primera vez la fotografía de un claustro cobijado por enormes pinos junto a una piscina experimenté una sensación indescriptible. Inconscientemente deseé tener algo en común con aquella maravilla oculta a los ojos del país durante décadas, quién sabe si durante siglos. Y el milagro surgió.

El anticuario que había levantado el desconocido claustro en los años treinta del pasado siglo encontró la fortuna en Zamora, mi ciudad. En 1931 cogió el tren y desembarcó en la capital del románico para cobrar un billete de lotería premiado que había adquirido semanas atrás. Un periodista del diario Heraldo se lo encontró por la calle y le confesó el propósito. Porque ya se conocían. Ignacio Martínez era el anticuario estrella de una familia zamorana que, como otras de este país, había encontrado un filón en las obras de arte.

Era la época de la «fiebre americana» por el patrimonio español. Esculturas, pinturas, artesonados… y hasta edificios completos hicieron las maletas para viajar a Estados Unidos. Eso es lo que ocurrió con los monasterios de Sacramenia (Segovia) y Óvila (Guadalajara), que fueron desmembrados, embalados en cajas y transportados en barco para satisfacer los delirios de personajes como el magnate William Randolph Hearst, cuyas excentricidades fueron inmortalizadas en una de las mejores películas de la historia: «Ciudadano Kane».

Ese quizá era el destino del claustro que el anticuario Martínez levantó en el barrio de Ciudad Lineal (Madrid) con piezas procedentes de Salamanca. Pero las consecuencias económicas del crack del 29 y el estallido de la contienda civil en nuestro país complicaron la venta del «gigante de piedra». Exiliado Martínez, el claustro se vino parcialmente abajo en la propiedad madrileña hasta que un cúmulo de casualidades trajeron a un comprador desde Palamós. El pintor catalán Paco García Vilella había visto un reportaje del monumento en un periódico de la época y no dudó en aconsejar a su mecenas, un millonario alemán llamado Hans Engelhorn, que se lo llevara a su finca de lujo.

Las piedras del claustro viajaron en camiones por las carreteras de la España de finales de los cincuenta. Las vetustas galerías hallaron un nuevo hogar entre pinos y olivos, mientras su imponente estampa encontraría un cómplice extraordinario, las espejadas aguas de una piscina contigua. La búsqueda de la belleza acabaría de forma trágica. Hans apenas pudo disfrutar unos meses de su tesoro. Moría en 1960. En 1956 había fallecido Martínez. ¿Quién podría entonces contar la historia del claustro viajero?

Durante casi cinco años he seguido la pista del claustro de Palamós y, por casualidad, he hallado la maravillosa historia de las tres familias que convivieron con sus piedras a lo largo del siglo XX. Más allá del extraordinario debate intelectual —una feroz batalla de ideas y argumentos— he podido reunir en «El último claustro» (editorial Milenio) el testimonio de sus herederos, protagonistas de una auténtica novela. Su memoria, vivencias y reflexiones aportan luz y muchas sorpresas a una historia que rescata realidades tan sugerentes como el coleccionismo de arte, el mundo de las antigüedades y, por supuesto, las conductas de sus protagonistas, los anticuarios.

¿De qué monasterio fue «arrancado» el claustro de Palamós? ¿Se trata del antiguo recinto románico de la Catedral Vieja de Salamanca? ¿Es más bien una invención del anticuario Martínez, una genialidad cuyos secretos viajaron a la tumba con su creador? ¿Quiénes estuvieron detrás del frustrado negocio? A todos estos enigmas intento dar respuesta en este trabajo, escrito para cualquier lector que se atreva a compartir este viaje a nuestro pasado, al arte románico, al expolio… en compañía de personajes que, al menos para mí, son ya inolvidables.

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