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PALMERAS SALVAJES

Viajar en el tiempo

No se puede viajar en el tiempo, pero sí se puede saber qué somos mirándonos en el espejo de la historia que se escribe a nuestra espalda

Hay dos clases de personas, las que quieren viajar al pasado y las que quieren viajar al futuro. Yo siempre he dicho que quiero viajar al futuro porque me parece más excitante conocer lo que no tenemos forma de conocer que descubrir lo que ya sospechábamos que conocíamos. Lo que ocurre es que cuando uno habla del pasado casi lo hace inconscientemente de las épocas que quisimos vivir: la Belle Epoque, los años noventa de Telecinco, la Revolución francesa o el sugerente y siempre entrañable imperio mongol. Paradójicamente retroceder 30.000 años, ver lo que hacía el hombre -o lo que fuésemos- en esa época está más cerca del futuro que del pasado. Demuestra, primero, lo absurdo que son nuestros problemas y lo poquito que importan no sólo fuera de nuestra vida, sino fuera de nuestro propio tiempo. Demuestra por otro lado que estas manifestaciones artísticas más viejas que Atapuerca romperían el mercado en Sothebys no por antiguas sino por modernas. Y finalmente, de alguna extraña forma, conocer al hombre de hace 30.000 años no supone viajar al pasado sino enseñarle a él el futuro. No se puede viajar en el tiempo, pero sí se puede saber qué somos mirándonos en el espejo de la historia que se escribe a nuestra espalda y la que se está escribiendo, y aún no sabemos, delante de nosotros.

 

 

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