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La mirada de Soledad Gallego-Díaz

La mancha parda europea

La extrema derecha se lleva extendiendo por Europa desde hace casi diez años. Ignorarlo sería un crimen

Los resultados electorales de Alemania se analizan, examinan y categorizan de mil y una maneras. ¿De dónde ha salido ese 12,6%, esos cuatro millones largos de votos, que ha recibido el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania y que le van a permitir tener un nutrido grupo de diputados en el Parlamento federal? Se publicarán decenas de estudios en los próximos días, pero ya se sabe, por ejemplo, que a la extrema derecha la han votado bastantes más hombres que mujeres, que el grueso de su voto se sitúa entre los 34 y 59 años, es decir, que por los extremos, más jóvenes y más viejos, encuentra menos apoyos, y que ha tenido más votos en las zonas donde hay menos inmigrantes. Seguramente porque en las zonas donde hay menos inmigrantes hay también más pobreza.

Alemania provoca nervios en Europa por su historia, pero la verdad es que la extrema derecha tiene, por ejemplo, bastante más respaldo en Dinamarca, el país al que tanto aluden muchos políticos españoles como referencia. Los xenófobos daneses alcanzaron ya un 21,1%, prácticamente igual que el Frente Nacional en Francia, o los partidos de extrema derecha de Hungría o de Austria. Y eso por no hablar de Suiza, donde los xenófobos andan por el 29% o de Polonia donde los extremistas de derecha convocan al 38% de la población. Alemania, al fin y al cabo, se mueve, más o menos, en los parámetros de Suecia o de Holanda.

¿Es todo consecuencia de la crisis de la inmigración? Ni mucho menos. La extrema derecha europea es una mancha parda que se lleva extendiendo mucho por Europa desde hace casi diez años. Ignorarlo sería un crimen.

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