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Dickens: El eco de la Revolución Industrial

Inició su actividad literaria como reportero taquígrafo en el Parlamento inglés. Aprovechó su fama literaria para reivindicar algunos derechos sociales y denunciar la pena de muerte, para criticar la mala situación en la que vivían los pobres ingleses y, sobre todo, protestó por la esclavitud que existía en los Estados Unidos.

Charles Dickens (1812-1870) fue el primero en la historia de la literatura en haber empleado la palabra "detective" en sus novelas y el primero que logró establecer acuerdos con sus editores en los que se otorgaba al escritor un porcentaje en concepto de derecho de autor y se lo recompensaba si la obra era un éxito. Sus aficiones estaban rodeadas de polémica y su vida de un cierto trasiego y misterio. Nunca fueron bien entendidas algunas de sus actitudes personales. Cuando tenía 45 años se cansó del sumiso y apacible carácter de su esposa, Catherine Thompson, quien le había dado diez hijos, y se prendó alocadamente de una joven actriz llamada Ellen Ternan, que tenía la misma edad que su hija mayor. Según escribió a un amigo, el trastorno emocional “era tan intenso que no puedo escribir ni descansar con sosiego un solo minuto”.

Así de pasional era este escritor interesado profundamente por los fenómenos espíritas y ocultos de su época. Mucho se ha especulado sobre si pertenecía a alguna sociedad secreta o masónica. Lo cierto es que escribió algunas novelas por entregas donde refleja esas inquietudes como en Casa desolada (1853) o La casa encantada (1859).

En el transcurso de su visita a Estados Unidos, Charles Dickens tenía sus particulares manías en cuanto a los hoteles en los que dormía. Quería que la cabecera de la cama estuviese siempre dirigida hacia el norte, según la brújula que llevaba, para que las corrientes magnéticas siguieran su camino natural.

Aparte de diversas anécdotas, fue Dickens protagonista involuntario de un suceso ocurrido tras su muerte por apoplejía, acaecida en junio de 1870 después de una agotadora gira por varias ciudades americanas leyendo en público sus obras. El 15 de marzo de ese año leyó su Canción de Navidad ante dos mil personas en un auditorio. Cuando terminó las incesantes ovaciones que le obligaron a salir, en diversas ocasiones, a saludar, rogó silencio y dijo: “Desde estas luces deslumbrantes, me desvanezco para siempre con un cordial, agradecido, respetuoso, cariñoso adiós…”

Fue premonitorio. El 8 de junio de 1870 estuvo escribiendo durante todo el día en su casa de Gads Hill Place y antes de la cena sufrió un colapso. Avisaron al doctor que diagnosticó una hemorragia cerebral (contaba 58 años). Al día siguiente, 9 de junio, moría a las seis de la tarde, justo 5 años después de tener un grave accidente ferroviario cuando regresaba de Francia. Es como si la vida le hubiera dado una prórroga de cinco años extra para terminar algunos asuntos pendientes, aunque lo que no logró terminar fue su última novela, titulada El misterio de Edwin Drood, de la que solo pudo entregar los 23 primeros capítulos. Del resto hubo varios escritores que se encargaron de poner un final, incluido un médium norteamericano que dijo que se los dictó el propio espíritu de Dickens desde el más allá… Pero dicen tantas cosas…

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