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LA OPINIÓN

Otra Cataluña. Otra España

Vistas las calles en Barcelona ayer, vistas las calles blancas de toda España el sábado, toca a los líderes catalanes del independentismo leer bien su realidad y su dimensión y dar un paso atrás

Ayer se vio en las calles de Barcelona otra Cataluña. Y también empieza a verse otra España que escapa a los clichés y que convoca a muchos muy distintos, pero con deseos de caminar juntos. Por más que se la quieran apropiar los de siempre, un sector del PP empeñado en el concepto único de una España que, sin embargo, será plural o no será. Por más que el Telediario de TVE, la tele pública pagada con el dinero de todos, se empeñara en ningunear el discurso más incluyente, moderno y claro que se escuchó ayer en la capital de Cataluña, el de Borrell. El ex ministro socialista y ex presidente del Parlamento Europeo habló desde la razón y desde la emoción pero embridando las desmesuras del momento. “Puigdemont, a prisión”, gritó la masa. A prisión sólo mandan los jueces, esto no es el circo romano, respondió Borrell.

No, no es el circo romano, por más que algunos disfruten con elevar la temperatura de un asunto que ya quema suficientemente.

“De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”, escribió el poeta Gil de Biedma, que le vio las fauces al león de la intolerancia, en la calle y en la cama.

Pero España hoy no es así, 40 años de democracia no pasan en balde. Hay generaciones de españoles y españolas que no quieren ser propietarios exclusivos del concepto y otros muchos que no dicen “el Estado”, “ni este país”, sino que dicen "España" con naturalidad. Y que viven con la misma naturalidad su pertenencia a un espacio de convivencia que además de los éxitos deportivos, los éxitos en la ciencia, la literatura y todo aquello que saca lo mejor de nosotros, también ha compartido turbulencias muy serias desde la entereza y desde la solidaridad.

Hemos vivido en la última década un empobrecimiento vertiginoso, que ha cuarteado nuestros salarios, metido el miedo en el cuerpo a jubilados que se habían ganado de sobras un tramo final de sus vidas sin tener que compartir pensión con hijos y nietos, y una limitación de las expectativas que hace de facto más pobres a los jóvenes que a sus padres.

Y España es también toda esa gente que ha vivido con dignidad, solidaridad, empuje y voluntad de cambio esa crisis y sus recortes, en Sant Adriá de Besòs y Dos Hermanas, Porriño o Cartagena, Hospitalet de Llobregat o Badajoz.

Una crisis económica que ha hecho tambalear el suelo bajo nuestros pies y que, sin embargo, no ha provocado la tensión política y ciudadana que vivimos ahora mismo. Porque nada como las fronteras nos lleva al borde del abismo.

Y porque, como nuestra historia demuestra, nada nos acerca más al borde del abismo, ayer vimos una marea en Barcelona que no quiere más fronteras, y el sábado otra marea blanca en miles de ciudades españolas que se niegan a que la historia de España vuelva a ser la más triste de todas las historias porque acabe mal.

No hemos tenido suerte. Tenemos una derecha que no entiende a España y parece que solo aspira a administrarla. Y una izquierda que encuentra sexy y digna de atención preferente cualquier iniciativa que cuestione a España en general. 40 años de democracia no han arreglado eso. A todos nos toca la autocrítica.

Pero ahora, en la urgencia del momento, vistas las calles en Cataluña en su Diada y durante el 1 de octubre, vistas las calles en Barcelona ayer, vistas las calles blancas de toda España el sábado, toca a los líderes catalanes del independentismo leer bien su realidad y su dimensión y dar un paso atrás. Y si lo dan, toca al resto de Cataluña y de España resideñar esta casa para que quepamos todos.

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