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LA OPINIÓN

La cronificación del caos

Ayer Puigdemont aparentemente frenó, pero no dio un paso atrás porque reconoció como válidos los resultados del referéndum que no avalaron ni los observadores que contrató

Ya sabemos que de ésta no vamos a salir indemnes. Ya no es posible porque el roto es tan grande y nos afecta tanto a todos que no hay salidas, para nadie, que no sean dolorosas. Y precisamente por eso hay que intentar ser capaces de entender la complejidad del momento y huir de las respuestas fáciles y automáticas.

Ya sabemos que hay indignación, cansancio, hastío de las trampas, las fintas y las mentiras en las que los independentistas han basado buena parte su aventura suicida. Este proceso ha retratado a todos, en Cataluña y en el conjunto de España. La factura política será cara, eso es seguro, y en las siguientes elecciones aquí y allí lo comprobaremos.

Ayer Puigdemont aparentemente frenó, pero no dio un paso atrás porque reconoció como válidos los resultados del referéndum que no avalaron ni los observadores que contrató. Solo se paró al borde del precipicio. Intentó un lavado de cara internacional, que en la práctica significa la cronificación del caos y la prolongación del juego de la gallina.

Si ya se había saltado la legalidad constitucional, ayer se saltó su propia legalidad paralela. Asumió la independencia y a continuación la suspendió sin haberla proclamado. Suspensión por un tiempo para negociar, asegura, pero con la clara intención de enviar la pelota al tejado contrario, y haciéndolo en unos términos que sabe que no puede dejar al contrario de brazos cruzados.

La traducción concreta de lo que vimos ayer fue la firma, fuera del hemiciclo, de un documento con la declaración de independencia y el recorrido para instaurarla que rubricó la mitad del Parlament. Una especie de acuerdo privado en un Parlamento sin voto, ni registro, ni publicación en el Diario oficial.

Defender las instituciones catalanas pasa por respetarlas y la firma de ese documento privado pasará a los anales de la tragicomedia política y de la ignorancia de los derechos de las minorías, de los diputados que asistieron a un pleno en el que no se les dio el derecho a decidir sobre el asunto que los convocaba. Es con ellos con los que tiene que buscar una mediación el señor Puigdemont, con los representantes de la mitad de los catalanes a los que en teoría gobierna.

Por vértigo o por tacticismo, Puigdemont dio ese aparente frenazo, y el disgusto de la CUP fue la primera evidencia. Algo empieza a romperse ahí. Y ahora toca inteligencia política para intentar aprovecharlo y reconducir una situación que, desbocada, conduce a un desastre irreversible.

Cuánto ha pesado la fuga de empresas en lo que vimos ayer no lo sabemos, lo que sí sabemos es que mientras la amenaza permanezca, esa fuga, esas consecuencias no se van a detener. Anoche, tras el pleno, el Grupo Planeta anunció que también se va. La editorial propietaria de A3, La Sexta… es la última en decidirlo y la primera que envía la señal inequívoca al Govern de que lo de ayer no acaba con la inestabilidad política, la inseguridad jurídica ni con la incertidumbre social.

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