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La mirada de Soledad Gallego-Díaz

La fabulación como norma

Presentar como evidentes cosas que son radicales fantasías ha sido, y parece que va a seguir siendo, una de las mayores habilidades del movimiento independentista catalán

Carles Puigdemont dijo ayer en Bruselas que el gobierno central, el español, debería aceptar el resultado de las elecciones previstas para el 21 de diciembre, exigencia que parece extraña porque se trata de unos comicios de índole autonómica convocados excepcionalmente por el propio gobierno español. Salvo, evidentemente, que Puigdemont esté intentado hacer creer a sus seguidores y a la opinión pública europea que esas elecciones equivaldrán a un referéndum de autodeterminación, esta vez con garantías. La capacidad para cambiar el sentido de las palabras y de presentar como evidentes cosas que son radicales fantasías ha sido, y parece que va a seguir siendo, una de las mayores habilidades del movimiento independentista catalán, como lo fue de los republicanos norteamericanos o de los partidarios del Brexit. Por eso sería importante que el gobierno español atajara ese tipo de maniobras, que confunden a las opiniones públicas europeas. Lo que se celebrará el día 21 son unas elecciones autonómicas para elegir al parlamento y al gobierno de la Generalitat, la institución que forma parte del Estado español en Cataluña. Es decir, explicar que el trabajo del nuevo Parlament que salga de esas elecciones puede y seguramente debería ser la elaboración de un nuevo Estatut consensuado por la gran mayoría de las fuerzas políticas catalanas y, en todo caso defender en el Congreso de los Diputados que se inicie la reforma de la Constitución española, algo que, por otra parte, siempre ha podido hacer el Parlamento catalán, de acuerdo con el artículo 166 de la propia Constitución.

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