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LA COLUMNA

Trabucaires

Usar el término autoritario para referirse al franquismo, coincidiendo con revisionistas como Pío Moa o César Vidal entre otros, no sólo es un error imperdonable. Ese simple adjetivo arruinaría la carrera de cualquier político de izquierdas en un país normal

Cuarenta años son muchos, pero trescientos son demasiados. Puigdemont dijo en Bruselas que entre Felipe V y Felipe VI, los catalanes han vivido casi siempre privados de libertad. Pues bien, a lo largo del siglo XIX, la Cataluña central, símbolo y fortín del independentismo actual, fue uno de los grandes focos de tres rebeliones sucesivas que desembocaron en otras tantas guerras civiles, y no a favor por cierto de la libertad, sino en su contra. Al grito de Dios, Tradición y Rey absoluto, el corazón de Cataluña luchó por Carlos María Isidro y por sus descendientes contra los gobiernos liberales de Madrid. Los curas trabucaires, sacerdotes armados con trabuco que limpiaban la retaguardia de progresistas, fueron la versión catalana del “vivan las caenas”, un elemento fundacional del carlismo que desembocó con naturalidad en uno de los dos ejércitos que se enfrentaron en 1936. Y no fue precisamente el republicano, sino el rebelde, que tras su victoria instauró una sanguinaria dictadura fascista que duró casi cuarenta años.

Ese es el régimen que Pablo Echenique calificó hace unos días como más autoritario que el actual. Usar el término autoritario para referirse al franquismo, coincidiendo con revisionistas como Pío Moa o César Vidal entre otros, no sólo es un error imperdonable. Ese simple adjetivo arruinaría la carrera de cualquier político de izquierdas en un país normal. Por fortuna para Echenique, España no lo es, y por eso Puigdemont se atreve a decir lo que dice. Lo que les he contado yo está en los libros de Historia. No hay más que leerlos.

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