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#VidasEnterradas

#VidasEnterradas

Episodio I: Manuel España Gil

'A vivir' viaja a La Lantejuela, Sevilla, para rescatar la vida y la muerte de un grupo de jornaleros asesinados en 1936

Un día a la semana, un día al mes, en fechas señaladas, se puede ver a los familiares de los represaliados del franquismo pidiendo justicia y dignidad para sus muertos en muchas plazas de España. Eso sí, para verles, hace falta mirar. Así se descubre a hijos, nietos, bisnietos que llevan décadas, a veces, toda una vida, buscando a quienes un golpe de Estado primero, y más tarde una dictadura, les obligó a salir de sus casas para ser asesinados en un lugar desconocido. Sus muertes no fueron registradas, nadie sabe, excepto quienes les mataron, el lugar exacto donde están. Ellos son los desaparecidos. Y en España hay 150.000. #VidasEnterradas nace para darles voz a través del relato de quienes les buscan, para escuchar los detalles de algunas de esas historias de las que se hablaba bajito, casi susurrando, en las casas de los pueblos, de las ciudades de un país al que le sigue costando revisar su historia.

Análisis: Memoria y salud mental

Fotografías de Gervasio Sánchez en la fosa de Puebla de Cazalla

Mari Carmen frente a las rejas negras que dan entrada al cementerio de La Puebla de Cazalla (Sevilla). / Conchi Cejudo

Las carreteras que envuelven en una especie de telaraña ruidosa a la ciudad de Sevilla dejan paso, a apenas 80 km, al sonido de las campanas de la iglesia de La Lantejuela. En este pueblo que hoy tienen 4.000 habitantes pero que en los años 30 apenas llegaba a los 2.000, nació y murió Manuel España Gil.

Conocemos la fecha de su muerte, 17 de septiembre de 1936. Sabemos que fue asesinado de madrugada junto a otros jornaleros. Sabemos que días antes de la entrada de los falangistas en el pueblo apoyó públicamente al alcalde republicano, a “Chirri”, elegido democráticamente en las urnas en 1933. Sabemos que dejó a su mujer, a Carmen, con la que se había casado sin cura ni iglesia, “por la bandera”, con un niño pequeño en brazos y que estaba embaraza del segundo cuando su marido fue asesinado. Sin embargo, su historia está llena de silencios. Mari Carmen, su nieta, pero también Miguel, Sebastiana, Antonio, Carmen, José María… nos ayudan a llenar esos vacíos. Sus relatos van uniendo, poco a poco, las piezas del puzle de su historia, de su vida y de su muerte.

Largas pausas, lágrimas. Cuesta echar la vista atrás, recordar y pronunciar algunas palabras. Cuando nos sentamos a reconstruir la historia, pronto nos damos cuenta de que el pasado es doloroso. Es como si el llanto se hubiera congelado en el tiempo y el dolor saltara de generación en generación. Muchas de las personas que han aceptado sentarse con nosotros no vivieron lo que narran en primera persona. La mayoría, transmiten aquello que, siendo niños, les contaban sus abuelos o sus madres. La historia de Manuel se convierte poco a poco en muchas historias. A los rojos no le daban trabajo en los cortijos, muchos tuvieron que emigrar para no morir de hambre”… “A mi madre la raparon y la pasearon por el pueblo. Fue violada y se quedó embarazada”… “En el colegio, la primera fila estaba reservada para los hijos de los falangistas, los demás apenas aprendíamos a leer y escribir”… la conversación se llena poco a poco de los peores recuerdos de la represión.

Muchos de los protagonistas de estos relatos hace años que ya no están. Nos invade la sensación de que llegamos tarde, de que hemos dejado escapar la historia oral de La Lantejuela, de Andalucía, de España, de la capacidad del ser humano para hacer daño a sus semejantes. Por suerte, Antonio Cano Andrade, sigue vivo.

El testimonio clave

Sala de autopsias del cementerio de La Puebla de Cazalla (Sevilla). / Conchi Cejudo

La guardia civil le detuvo cuando apenas tenía 12 años. La suerte y la ayuda de algún amigo de la familia hicieron que pudiera regresar a casa en pocas horas, pero su madre, decidió esconderle. La mejor forma de protegerle era enviarle a trabajar con el abuelo, el enterrador de La Puebla de Cazalla. Durante el tiempo que estuviera en el cementerio, nadie le vería por el pueblo, nadie podría hacerle daño. Antonio tiene hoy 95 años, vive con Ana, su cuñada, a la que cariñosamente llama “niña”. Juntos hacen frente a la soledad y a la estrechez de pensiones míseras. Haber vivido casi un siglo se refleja en su voz, en su rostro, pero el tiempo no ha conseguido borrar el horror que presenció en aquel cementerio donde cada noche se escuchaban disparos. “Los falangistas gritaban: ¡Esta noche tenemos carne!”. Detrás de un muro, Antonio fue testigo de muchos asesinatos y de cómo poco a poco, aquella fosa se iba llenando de cadáveres: “La fosa era como un embudo y tenía al menos 5 o 6 metros de profundidad. Por la mañana, llegaban presos de la cárcel a echar tierra sobre los cuerpos de la noche anterior, hasta que se llenó”.

Antonio fue el testimonio clave para encontrar aquella fosa en la que se hallaron 77 cadáveres, entre ellos, el de Manuel España Gil. Antonio fue el testimonio clave para que Mari Carmen pudiera encontrar a su abuelo. Las capas de tierra que habían intentado ocultar tantos crímenes durante 80 años, dejaban ahora paso, metro a metro, a la verdad. “Las manos seguían atadas… Encontramos alpargatas de pobre, músculos desarrollados del trabajo duro del campo, dentaduras castigadas por el hambre…”. Mari Carmen relata como en aquella fosa, situada a apenas 20 km del pueblo donde había nacido Manuel, se había sepultado la vida de muchos jornaleros y como, frente a ella, ayudando a limpiar aquellos huesos, sintió por primera vez paz. El puzle estará completo cuando los restos de su abuelo descansen al lado de los de su padre en el cementerio de La Lantejuela.

Esta es la búsqueda de Mari Carmen

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