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LA FIRMA

En el columpio

La crisis catalana ha entrado en una fase especialmente borrosa. Se confirma que es mayor el miedo a perder que la ilusión por ganar

La crisis catalana ha entrado en una fase especialmente borrosa en la que se entremezclan las afirmaciones más grandilocuentes con los comportamientos de tacticismo pastelero pequeñito y cobardón, con lo que se confirma que es mayor el miedo a perder que la ilusión por ganar. Todo se llena de contradicciones. Para empezar, la contradicción judicial. Carmen Lamela y Pablo Llarena demostraron que la justicia es ciega, sí, pero que los jueces no. Tienen los ojos abiertos y no ven siempre lo mismo, de manera que, por los mismos hechos, tenemos a unos en la cárcel, a otros en la calle, y a otros huidos. Luego, la contradicción gubernamental. El gobierno, que había calificado de golpistas a los líderes de la secesión, celebra sin embargo la resolución blanda de Llarena, y se incomoda por la mano dura de Lamela. En las filas independentistas la contradicción bate todos los récords. El líder máximo, Puigdemont, denuncia desde Bruselas la abominación antidemocrática del 155, mientras que Carme Forcadell la acata ante el juez. Puigdemont se presenta ante el mundo como representante supremo de la nueva república mientras que Forcadell afirma que su proclamación fue solo simbólica. Lo cual debe de haber desconcertado bastante a los miles de empresarios que sacaron sus negocios de Cataluña creyendo que la cosa iba en serio.

Todo se hace borroso menos la polarización, que es extrema y que no admite matrimonios mixtos. Se rompió el pacto de los Comunes con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona. La ciudad se alinea con el independentismo. Ada Colau desaparece como esperanza bisagra.

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