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LA OPINIÓN

Creer a las mujeres

¿Qué se pretende cuando se espía la vida de la víctima de una violación tras el delito que se cometió contra ella? Comprobar si pasea por la calle con un cartel en la frente que diga "estoy hundida"? Si no lo hace, ¿es sospechosa de algo?

¿Qué se pretende cuando se espía a la víctima de una violación en los días o meses posteriores al presunto delito que se cometió contra ella?

En la Audiencia Provincial de Navarra se juzga la presunta violación múltiple ocurrida durante los Sanfermines de 2016. En el banquillos, cinco hombres, autonodenominados La Manada. A puerta cerrada, para preservar su intimidad, declaró durante cuatro horas ayer la denunciante, una chica de 18 años entonces, a la que según la acusación, violaron y humillaron en un portal, además de grabarlo todo para compartir después esas imágenes con sus amigos.

La sorpresa ha sido que el juez admitió un informe elaborado por detectives privados contratados por uno de los acusados, detectives que espiaron a la víctima durante los días y los meses posteriores.

Repito. ¿Qué se pretende cuando se espía la vida de la víctima de una violación tras el delito que se cometió contra ella? ¿Comprobar si pasea por la calle o por sus redes sociales con un cartel en la frente que diga "estoy hundida, me han violado cinco hombres"? Si no lo hace, ¿es sospechosa de algo? Si pretende y consigue volver a su rutina y lleva una vida normal, ¿tiene alguna relevancia para el presunto delito del que fue víctima? 

El mismo juez que ha aceptado ese informe de unos detectives privados sobre la vida posterior de la victima, había rechazo los mensajes que se cruzaron los presuntos agresores en los días previos a los hechos. ¿Pero aquí a quien se juzga? ¿A la Manada o a ella?

A la espera de lo que diga al final la justicia, porque la vista acaba de comenzar, la pregunta vuelve a ser : ¿pero qué tenemos que hacer, que nos tiene que pasar a las mujeres, para que nos crean? A primeros de este año les contábamos el caso de un catedrático de la Universidad de Sevilla que siguió dando clases durante seis años después de la primera de tres denuncias por acoso sexual, mientras sus víctimas - dos profesoras y una becaria- tuvieron que dejar en ese tiempo la Universidad e irse lejos. La palabra de él y la palabra de ellas.

Todas, absolutamente todas las estadística oficiales disponibles insisten año tras año en que las denuncias falsas por violencia de género no llegan ni al 0,1 por ciento. Todo el mundo se conmociona públicamente cuando salta una noticia como la de Pamplona y llueven las expresiones de dolor y condena. Pero al final, un gesto, una acción, una medida, un detalle revela que esta sociedad - o buena parte de ella- sigue teniendo un gravísimo problema y una enorme asignatura pendiente: creer a las mujeres.

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