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Palmeras salvajes

Concejalía de ocio, tiempo libre y conspiración

La gente muere. Ha muerto siempre. Y no la salva que sea fiscal, que sea política, o que esté en un momento particularmente delicado de su profesión

Uno de los secretos para no hacer el ridículo, en la política y en la vida, es creer en las casualidades. Una "combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar", según la RAE. Por ejemplo, morir de repente en el momento más álgido de tu carrera, como le ha ocurrido al fiscal general del Estado. Hasta el hecho de fallecer en Argentina despierta recelo. Voy a decir algo que espero que no desanime a nadie ni le quite grandes esperanzas: la gente muere. Ha muerto siempre. Y no la salva que sea fiscal, que sea política, o que esté en un momento particularmente delicado de su profesión. Si supiésemos entonces que estamos libres de cualquier enfermedad, todos querríamos tener una misión entre manos.

Esto supongo que pasa por una mezcla de ocio y sectarismo, que es quizás la peor combinación política del mundo: gente que tiene mucho tiempo libre llevándose bien con gente que aún tiene más tiempo libre. Gente que sustituye el juego del rol por la vida. Y después porque los niveles de credulidad siempre han existido pero estaban circunscritos al ámbito privado; ahora cualquiera tiene un micrófono o una cuenta de red social por donde airear tramas. Pero esto se ha producido siempre, también con los investigados de la red Gürtel: un proceso judicial que involucra a personas de setenta y ochenta años que tienen prohibido morir durante diez años para no dar pábulo a conspiraciones.

Las casualidades existen, incluso las más flojas. Ocurre que la muerte siempre es difícil de asumir, pero si además esa muerte tiene una incidencia política o impacto en la actualidad no sólo no se asume sino que además se intenta explicar con razones más allá de las médicas. Y bajo determinadas presiones, rodeados de tanta gente con una teoría disparatada para todo, a veces es más sospechoso seguir vivo que morirse.

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