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Es el derecho a vivir con autonomía, reír, disfrutar, viajar solas, caminar solas sin que eso se convierta algún día en una prueba contra ti. Comprobar que todavía hoy hay que decirlo y defenderlo es lo que levanta a las mujeres

Terminado el juicio de La Manada, solo queda esperar la voz de la Justicia. Ha habido juicio, pruebas, declaraciones. Y la justicia hablará. Mucho se ha dicho estos días sobre los juicios paralelos, la presión social, incluso con acusaciones de populismo –esa palabra que ahora sirve para todo– porque las mujeres han salido a la calle a decir que en este juicio, como en todos, se juzgan delitos y no comportamientos de la denunciante.

¿A quiénes hacen esas acusaciones? ¿No les llama la atención que cosas tan elementales haya que decirlas en voz alta y en grupo? ¿Nadie saca conclusiones del hecho de que las mujeres tengan que defender qué hacen con su vida y con su cuerpo lo que creen conveniente, siempre que sea voluntario? ¿A qué víctima de un robo se le reprocha que le guste salir de compras? ¿A qué víctima de un atropello se le reprocha que siga cruzando la calle? ¿A qué víctima de una pelea en una discoteca se le reprocha que siga yendo a discotecas? Algo así ha venido a decirse de la denunciante: que es dudoso que hubiera sido violada porque le gusta ver programas de televisión donde presumen de tener relaciones sexuales.

Todo el mundo tiene derecho a la defensa. Para ejercerla los abogados recurren a todo lo disponible, como es lógico. No es el derecho a la defensa lo que está en duda. Es el derecho a vivir con autonomía, reír, disfrutar, viajar solas, caminar solas sin que eso se convierta algún día en una prueba contra ti. Comprobar que todavía hoy hay que decirlo y defenderlo es lo que levanta a las mujeres.

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