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La columna

En casa

La Feria del Libro de Guadalajara, en el mexicano estado de Jalisco, es la casa de la lengua española, de quienes escribimos y, sobre todo, de quienes leemos en español

Estoy muy lejos de casa, pero estoy en mi casa. La Feria del Libro de Guadalajara, en el mexicano estado de Jalisco, es la casa de la lengua española, de quienes escribimos y, sobre todo, de quienes leemos en español. Aquí, el cielo es grande, la luz limpia, el futuro, desconocido y ancho. Déjenme celebrarlo.

Hoy quiero hablar de amor, del amor que siento por mi lengua, por mi literatura, de la dicha de formar parte de una comunidad en la que no se pone el sol. Mientras yo escribo en Madrid, un escritor de mi lengua se ha dormido soñando lo que escribirá mañana, una escritora acaba de levantarse y planifica su jornada de trabajo antes de que amanezca. Sucede a diario, en Cochabamba, en Culiacán, en San Juan de Puerto Rico, en Medellín, en Salta, en Punta Arenas, en Tegucigalpa, en Guayaquil, en tantos y tantos lugares, urbes inmensas y pueblos diminutos, puntos del mismo valor en un mapa tan grande que un océano entero y todos los nombres, todos los climas y los paisajes, los ritmos, y los colores, caben en palabras distintas y a la vez idénticas. Es un milagro, pero cuando nos saludamos por la mañana y todos entendemos todo lo que dicen los demás con los acentos más dispares, ni siquiera nos damos cuenta.

En esta casa común, los países de cada cual están muy lejos. También quiero celebrar eso. Desde aquí, España es muy pequeña y huele mal. Bendita sea mi lengua, que me salva durante unos días del triste espectáculo de una mediocridad a la que no se le ve el fin.

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