¿No tienes cuenta?

Regístrate

¿Ya eres usuario?

Entra en tu cuenta

O conéctate con

La columna

Ricos y pobres

La injusticia, el racismo, la desigualdad, la insolidaridad de los privilegiados, son los motores que llenan las cárceles de hombres y de mujeres. Pero, al salir de prisión, el exconseller Josep Rull se ha quejado de la comida

Nunca he tenido que cumplir condena, pero he estado en muchas cárceles, algunas lejanas y casi todas las cercanas a mi casa, Valdemoro, Soto de Real, Estremera y las dos de Alcalá-Meco. He traspasado sus puertas para entregar premios literarios, para asistir a funciones teatrales, para dar conferencias o hacer clubs de lectura, y a veces me he quedado allí a comer. Jamás he salido indemne de una experiencia que me ha puesto en contacto con delincuentes que a menudo son hijos de delincuentes y, simultáneamente, padres de delincuentes. No son los genes, es la pobreza. La injusticia, el racismo, la desigualdad, la insolidaridad de los privilegiados, son los motores que llenan las cárceles de hombres y de mujeres. Pero, al salir de prisión, el exconseller Josep Rull se ha quejado de la comida. Ha alegado que se le llenó la boca de llagas, que los guisos eran flatulentos, que las hamburguesas estaban quemadas. Yo sé que el victimismo es el arma más eficaz de los independentistas pero, incluso aceptando que Rull tenga motivos para considerarse víctima de un trato injusto, sus declaraciones me parecen incompatibles con la dignidad y la sensibilidad social que deberíamos esperar de un servidor público. Que el balance de su estancia penitenciaria se limite al padecimiento de su propio sistema digestivo, pone de manifiesto cuál es su concepto de la política, de la democracia, de la moral y de la justicia. Nunca hasta ahora se había producido un signo tan elocuente de que la crisis catalana es, al cabo, una cuestión de ricos y pobres.

Cargando
Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?