El ojo izquierdo

El dodotis del abuelo

Acérquense, que todos somos testigos directos de la locura a la que hemos llegado en el siglo XXI, a punto de acabar con el Estado del bienestar que tanto costó imponer

Como todos los años, el frío nos enfrenta a un mundo duro, implacable, cruel hasta la desesperación. Ahí están los campos de refugiados, por supuesto, tanto como las familias que duermen al raso, arrebujadas en mantas precarias, a la luz de los escaparates de las tiendas de moda. Pero acérquense, que todos somos testigos directos de la locura a la que hemos llegado en el siglo XXI, a punto de acabar con el Estado del bienestar que tanto costó imponer. ¡Ah, la austeridad!

Acostumbrados a pelearnos por cuestiones tan trascendentes como la identidad de nuestros pueblos, la salida al mercado de un nuevo smartphone y otras exquisiteces similares, llega el termómetro y nos hace llevar al abuelo a las urgencias del hospital que nos corresponde. Y ahí nos encontramos con el dolor, el sufrimiento y la indignidad. Es entonces cuando entendemos que lo que nos interesa de verdad en esta vida es que haya suficientes camas para que el pobre, silencioso pero a punto de llorar, pueda tener un mínimo de confortabilidad. Daríamos lo que no tenemos porque hubiera suficiente personal -¿dónde van nuestros impuestos, por qué quieren destrozar la sanidad pública?- para que alguien le cambie el pantalón. Hablamos de Madrid pero seguro que la situación se repite en otros lugares. Cuando le pidan el voto, exija que lo utilicen para dodotis, y no para banderas.

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