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La columna

Dolores

Pagaría cualquier precio a cambio de reconciliarme con mi razón, de volver a vivir en mi país sin dolores de cabeza, de corazón. Cuando me pregunto cuántos españoles pensarán lo mismo que yo, me asusto.

Me duele la cabeza. Después de haber esperado durante tantos años que el monumental escándalo de la financiación del PP madrileño comprometiera a Aguirre, la declaración en la que González la implica apenas se comenta. Me duele el corazón. En el caso de los jugadores de la Arandina, la segunda violación en grupo juzgada en las últimas semanas, la víctima tiene quince años, el mayor de sus agresores todavía no ha cumplido veinticinco y da igual, porque lo que importa es si Puigdemont vuelve o no vuelve. Me duele la razón, y cada vez tengo menos argumentos para llevarle la contraria.

Aunque vigilo mi estómago, las bajas pasiones emergen con creciente facilidad desde mis vísceras. Escucho a Tardá, a Rovira, que la devolución a Aragón de los aragoneses bienes de Sijena es un expolio patrimonial de Cataluña, que la unilateralidad fue un invento del Estado, que la DUI nunca existió, que todos saben que fue un gesto simbólico, y mi razón se declara en rebeldía. Forcadell versiona las para mí sagradas palabras de Juan Negrín, "Resistir es vencer", y mi pensamiento capitula sin condiciones. Que se vayan, me digo, pero ya, y sé que no soy justa, ni siquiera razonable. A pesar de lo que sé, pagaría cualquier precio a cambio de reconciliarme con mi razón, de volver a vivir en mi país sin dolores de cabeza, de corazón. Cuando me pregunto cuántos españoles pensarán lo mismo que yo, me asusto. Por si a alguno le sirve de algo, lo único que no dudo es que soy de izquierdas. Con la cabeza, con la razón y con el corazón.

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