Palmeras salvajes

Últimas cartas a Seymour Hoffman

El pasaje que mejor cuenta lo que ocurre en el hogar de un heroinómano es cuando O’Donnell dice que al salir él de casa nunca sabía si iba a volver

La carta de Mimi O‘Donnell, la viuda de Seymour Hoffman, es una carta tristísima y necesaria: casi todo lo triste que pasa en una familia suele ser necesario comunicarlo. Yo siempre he pensado que las alegrías son más íntimas, más para compartirlas en casa, y que las tragedias si se comparten fuera pueden ayudar a mucha gente a no sentirse sola.

El texto es muy honesto porque no culpabiliza a Seymour Hoffman, no hay un resentimiento que transmita el mensaje de ‘nos has estropeado la vida’. Uno de los dichos más deprimentes es que hay que conocer a las personas para juzgarlas: en primer lugar conviene no juzgar a nadie, se conozca o no se conozca; y en segundo lugar no se conoce a nadie. El gran mito de nuestro tiempo es que lo sabemos todo de todos cuando quizás nunca hayamos sabido menos. Por eso una de las confianzas más absurdas, pero también más tranquilizadoras, es creer que lo sabes todo de la persona que lleva contigo durmiendo 40 años.

El pasaje que mejor cuenta lo que ocurre en el hogar de un heroinómano es cuando O’Donnell dice que al salir él de casa nunca sabía si iba a volver. En esencia un drogadicto no es el que tiene, sino al que le falta. No se ejerce tanto consumiendo como buscando. Porque es al buscar es cuando uno se da cuenta de que no le importa nada más en la vida que la siguiente dosis, y lo duro no es que tu familia lo sospechas, sino que lo entienda. Es decir, entender que en ese momento no les importas nada. A eso no se acostumbra nadie. Y, como la muerte, también golpea con una fuerza durísima.

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