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Palmeras salvajes

Algo peor que la mentira: la verdad

La Generalitat lleva años no siendo el gobierno de los catalanes sino la oposición al Estado, y para eso se necesita no renovar los presupuestos sino renovar los agravios

La principal diferencia entre lo que pasó en Cataluña antes del 1 de octubre y lo que pasó después, es que hoy sabemos que los líderes independentistas no se lo creyeron nunca. Que estuvieron fabricando un país sabiendo que nunca saldría adelante, y a pesar de eso lo hicieron saltándose el Parlament, saltándose la ley y saltándose la verdad. Y ese es el dato que mejor resume la campaña: antes de creía que mentían por ignorancia y ahora se sabe que nunca hubo inocencia cuando convencían a los demás de que era posible.

Parten con una ventaja, que es el verdadero problema de Cataluña: no hay nada, aquí y allá, que tenga un coste electoral. Ha dejado de importar que las cosas sean verdad; lo importante es que las cosas se sientan. No sé en qué medida al votante independentista le importa nada que no sea lo simbólico, y sobre lo simbólico no se construye un gobierno sino una oposición. Aunque gobiernen, se convertirán automáticamente en la oposición a España. La Generalitat lleva años no siendo el gobierno de los catalanes sino la oposición al Estado, y para eso se necesita no renovar los presupuestos sino renovar los agravios.

Enfrente hay quien está dispuesto a ofrecerlos un día tras otro. Si el independentismo promete la supresión de la separación de poderes diciendo que si gana liberará a los presos; el PP -a través de la vicepresidenta del Gobierno- confirma que esa separación existe diciendo que Rajoy, y no la justicia, ha descabezado a los partidos soberanistas. En estos casos sólo hay algo peor que la mentira: la verdad.

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