CLAVES TEMPLARIAS

Nunca nadie llegó tan lejos y tan rápido

Fueron dos siglos intensos de actividad. Sabemos que la Orden del Temple se funda en el año 1118 por nueve caballeros y que se les da carta de organización y de Orden como tal en el concilio de Troyes nueve años después (el 14 de enero de 1129), con su Regla redactada bajo la supervisión de Bernardo de Claraval

Manuscrito en pergamino sellado con nueve vueltas de hilo de seda y lacre rojo. Se puede distinguir el sello de la Orden. /

Y al poco tiempo encontramos a sus miembros asentados en la Península Ibérica, compartiendo sus estructuras formales con otras órdenes de monjes caballeros como son los hospitalarios o sanjuanistas, participando en eventos importantes y obteniendo cuotas de poder.

En 1130 el conde Ramón Berenguer III entrega Granyena (Lleida) a los templarios y al año siguiente muere bajo el manto del Temple. No fue el único que mostró simpatía y adhesión a esta Orden creada apenas un par de años antes. En 1131 el monarca aragonés Alfonso I el Batallador, durante el asedio de Bayona, redacta su testamento. La intriga de su contenido se mantiene tres años. En 1134 muere en Sariñena (Huesca) sin dejar descendencia. Al leerlo, comprueban que deja su reino y sus bienes a tres órdenes religiosas: Santo Sepulcro, Templarios y Hospitalarios. La Iglesia ni la nobleza aragonesa lo aprueban. Sorprende que el monarca testara a favor de instituciones tan nuevas. Y sorprende que no nombrara como herederas a las órdenes que él mismo había fundado.

El Temple cosechaba reticencias y ganaba adeptos. En 1139, en un tiempo récord, el Papa Inocencio II concedía a los templarios unos privilegios nunca vistos, haciéndoles independientes hasta de la propia Iglesia, y obligándoles tan sólo a rendir cuentas al pontífice. Poco a poco, la presencia e influencia del Temple en los reinos de Castilla y Navarra se hace más evidente y se afianza como primera fuerza en el territorio catalano-aragonés.

Su poder, influencia e importancia fue tal que las envidias provocaron su caída. Dos hombres fueron los culpables directos: el rey francés Felipe IV el Hermoso y el Papa Clemente V. Hubo otros responsables indirectos hasta que sus miembros fueron capturados el 13 de octubre de 1307, la Orden disuelta por el concilio de Vienne en 1312 y el gran maestre, Jacques de Molay, chamuscado en 1314 en París. A partir de ahí, historia, leyendas e incluso maldiciones.

Como asegura Rafael Alarcón, en su obra A la sombra de los templarios (1986), a niveles puramente políticos es posible ver la larga mano templaria en Europa: “en la independencia de Portugal (1139), en las Cartas leonesas de 1188, en la Concordia de Sotofermoso (abril 1189) entre Alfonso IX de León y su primo Alfonso VIII de Castilla, en la educación de futuros monarcas como Jaime I (Aragón) o Federico II (Alemania), en la formación de los Estados Generales de Francia en 1302 o en el documento jurídico civil conocido como Fuero del Baylío, entre otros”.

Al mismo tiempo empieza a surgir la leyenda en torno a las reliquias y tesoros que podrían albergar y uno de esos secretos a voces era la custodia del Arca de la Alianza y del Santo Grial que pudieron haber encontrado en Tierra Santa, traído a Europa y luego guardado en algunas de las encomiendas que estaban empezando a construir, pero ¿en cuál de todas?

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