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Ladrones de cadáveres

El robo de cadáveres no es un invento de la era victoriana. Existen registros que se remontan a principios del siglo XVIII en los que se plasman robos de cuerpos robustos y frescos de los cementerios a los que se les haría la autopsia a cargo de estudiantes británicos, teniendo en cuenta que cada alumno debía diseccionar al menos dos cadáveres por curso. Con el auge del estudio de la anatomía del siglo XIX se hizo patente que con los cuerpos de algún que otro criminal ejecutado al año – “fiambres legales”- no iba a ser suficiente para el creciente número de estudiantes de medicina y había que buscar otros métodos menos legales.

Uno de los médicos que requerían más muertos para sus estudios de anatomía, era el célebre doctor Robert Knox en el Surgeons Hall, de Edimburgo, y con él también llegó el auge de los body snatchers o “ladrones de cadáveres”, que eran tan buenos en su trabajo que se ganaron el apodo de los “resurreccionistas” o “resucitadores”. El hurto de cuerpos era tan salvaje que algunos cementerios de la ciudad tuvieron que levantar vallas altas y torres de vigilancia. Además, las tumbas fueron protegidas con muros internos y rejas de metal para evitar su exhumación forzada. En aquella época comenzó la historia oscura de William Burke y William Hare, dos facinerosos que pasaron a ser asesinos seriales de los más famosos de Gran Bretaña, que consiguieron aterrar y acongojar a la población inglesa después de que se conocieran sus fechorías. Durante un año, perpetraron unos 17 asesinatos. Su modus operandi era embriagar a la víctima con alcohol y luego asfixiarla hasta la muerte. Su técnica se caracterizaba en que mientras uno de ellos le tapaba la boca y nariz a la víctima el otro ejercía una gran presión en el tórax hasta que la persona en cuestión moría por falta de oxígeno (esta manera de asesinar, en la práctica forense, aún se le sigue llamando el “método Burke”).

En ellos se inspiró el escritor escocés Robert Louis Stevenson para escribir su novela El ladrón de cadáveres (1884), éxito de ventas al igual que otras obras suyas, lo cual no le impidió morir joven debido a su galopante tuberculosis, decidiendo vivir sus últimos seis años en una paradisíaca isla de los Mares del Sur contando sus historias a los samoanos…

El siglo XIX fue pródigo en avances tecnológicos y médicos lo que hizo ampliar la esperanza de vida. Fue el siglo de la electricidad y eso originó multitud de proyectos para intentar reanimar a animales fallecidos, a la par que ciertos argumentos literarios. Quizá el caso más célebre fue el de Frankestein. Con el estallido de la revolución industrial aumentó el número de médicos y la necesidad de formarlos. Y eso avivó la “chispa” de la picaresca y la delincuencia…

 

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