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La opinión de Carles Francino

Hombre rico, hombre pobre

Que los pobres generen tanta irritación no deja de ser una manifestación de la mala conciencia que provoca la desigualdad

Me gustaría compartir con ustedes la última paradoja de este año tan complicado que estamos a punto de cerrar. Me parece un contraste muy significativo el discurso triunfalista sobre la economía que acaba de hacer el presidente del Gobierno, y que la RAE haya elegido como palabra del año “aporofobia”, que significa miedo, rechazo o aversión a los pobres, de los que –mal que le pese a Rajoy y a sus voceros- tantos hay en nuestro país. Concretamente 13 millones de personas en riesgo, o de pobreza, o de exclusión social, casi el 28% de la población.

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No me lo invento, ¿eh?, son datos de un estudio europeo. De hecho, la filósofa, Adela Cortina, creadora de este neologismo, de “aporofobia”, ya advirtió hace años que esta era una tendencia universal y el tiempo le ha dado la razón. Porque este fenómeno, que los pobres generen tanta irritación que pueda llegar incluso al odio, no deja de ser una manifestación de la mala conciencia que provoca la desigualdad; la desigualdad extrema.

Porque es verdad que los indicadores económicos apuntan hacia arriba. Sí, sí, crece el PIB, crecen las exportaciones, el turismo, crece el empleo… pero, claro, ¿cómo se reparte todo eso? Pues de manera cada vez más desigual. La brecha es enorme y tantos pobres acaban molestando. Por no hablar del empleo. Hemos tocado tanto lo de la precariedad, la pérdida de derechos, la explotación pura y dura, el paro juvenil…

No les daré más la brasa porque todos sabemos de qué estamos hablando. Pero sí quería compartir esta paradoja o este contraste. Hace 40 años triunfaba una serie de televisión llamada Hombre rico, hombre pobre, con Nick Nolte, Peter Strauss… Los más veteranos tienen que acordarse, seguro. Bueno, pues empieza a ser hora de que alguien piense en una secuela, pero ambientada en España.

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