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La columna de Almudena Grandes

Melancolía

No es casualidad que Cataluña no tenga una ley electoral propia. Al nacionalismo siempre le ha ido bien con la ley electoral general, la misma que ahora otorga mayoría absoluta a los independentistas

A los dieciocho años aprendí que no existía peor enemigo para mi autoestima que la ley electoral. Votar a Izquierda Unida y hacerlo en Madrid implicaba asumir la condición de ciudadana de una casta inferior. No exagero. Mi voto valía casi una décima parte de los emitidos a favor de los partidos mayoritarios y de los nacionalistas. Como promedio, los escaños de Izquierda Unida costaban medio millón de votos. Los de PP y PSOE, los de CiU y PNV, unos sesenta mil, y así una vez, y otra, y otra más, sin que nadie se avergonzara por ello ni antes, al apelar al voto útil, ni después, al afrontar la aritmética del resultado. No es casualidad que Cataluña no tenga una ley electoral propia. Al nacionalismo siempre le ha ido bien con la ley electoral general, la misma que ahora otorga mayoría absoluta a los independentistas aunque sus rivales hayan cosechado hasta un cinco por ciento más de votos en las urnas. Es una situación objetivamente injusta, pero los indignados aspavientos de quienes la denuncian como si fuera un problema nuevo y acuciante, una emergencia imprevista, me provocan una melancolía húmeda, destemplada. Si, y sólo si, el voto de la derecha se fragmenta, es posible que Ciudadanos consiga imponer una reforma de la ley electoral, pero cuando llegue, será tarde para todo. Sobre todo para quienes dilapidamos nuestra juventud en el perfecto espejismo de ilusiones de una democracia que se asentaba sobre reglas profundamente injustas.

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