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El dietario de Ramoneda

Tiempos de prudencia

Josep Ramoneda reflexiona sobre la declración de Forn, Sánchez y Cuixart; Zoido y el temporal de nieve y la prisión permanente revisable

Forn, Sánchez y Cuixart rechazan la unilateralidad y afirman el marco legal como lugar de sus actuaciones políticas futuras. Unos hablarán de claudicación, otros de oportunismo y algunos de los efectos de moderación del paso por la experiencia carcelaria. Pero independientemente del juicio sobre las personas, lo que se va confirmando es que el independentismo acepta la realidad de las relaciones de fuerzas. Y que reconoce que no tiene otro camino que la acumulación democrática de capital político. Vienen tiempos de prudencia. Y ciertamente los procedimientos condicionan los objetivos. El conflicto continúa, pero de una manera sensiblemente distinta. Y se acumulan las señales para que en Bruselas entiendan que desde dentro las cosas no se ven con la ligereza que permite la distancia.

La permanencia de Zoido como ministro del Interior, después de los desastres acumulados en los últimos meses, con el referendum catalán y la gestión de la nevada como momentos mediáticos culminantes, sintetiza el estilo Rajoy: máxima resistencia a asumir responsabilidades. Ya sea en la corrupción como en los casos de incompetencia política.

El PP aprovecha el caso Diana Quer para defender la prisión permanente revisable. Y en el clima emocional provocado por este crimen aparecen diversas iniciativas en su defensa. Permanente revisable es una contradicción en los términos, que no pretende más que endulzar la recuperación de la cadena perpetua, que el PP impuso con el voto de su grupo cuando tenía mayoría absoluta. Convertir el encarcelamiento en perpetuo es negar a las personas cualquier posibilidad de reintegrarse a la vida social. Y, por tanto, es renunciar a lo que debería ser el fundamento del modelo penitenciario: la reinserción del criminal. Veinte cinco años de cárcel son una barbaridad, pero en el clima autoritario que vivimos todo parece poco, especialmente bajo el impacto de crímenes horrendos. Pero dejar sin horizonte de redención a una persona, por grave que haya sido el delito cometido, es negarle la condición humana en vida. Y con ella destruir la propia idea de humanidad.

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