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Las brujas de Salem

Corría el año 1692. En la apacible localidad de Salem, en el Estado de Massachussets (EE.UU.) cuatro mujeres son acusadas de brujería de forma abusiva e improcedente por el comportamiento de un grupo de adolescentes que empezó a sufrir ataques epilépticos incontrolados

En la localidad de Salem a finales de 1692, en la apacible bahía de Massachusetts, estaban convencidos de que había personas que querían destruir su pueblo. El escritor inglés John Evelyn se cree los rumores y anota en su Diario el 4 de febrero de 1693, algo impropio de una persona inteligente como él: “Historias inéditas sobre el aumento de las brujas en Nueva Inglaterra: hombres, mujeres y niños que se consagran al Diablo y que amenazan con subvertir el gobierno”. La causa de este proceso fue un grupo de jovencitas que iban a casa del reverendo Samuel Parris a escuchar las historias que les contaba Tituba, la esclava negra del clérigo originaria de las islas Barbados. Diversiones que pronto oscurecieron el ambiente cuando a la hija de Parris, Elizabeth, de nueve años de edad, y a su sobrina Abigail Williams, de once años, les impresionaron de tal modo las historias que empezaron a sufrir ataques con sollozos y convulsiones incontroladas. Las niñas desafían entonces a los adultos con su actitud de desobediencia e insubordinación: corren a cuatro patas por la casa y ladran como si fueran perros.

Otras adolescentes también se comportaron de forma extraña. Por ejemplo, Ann Putman, de 12 años, dijo que peleó con una bruja que la quería decapitar. Por su parte, el médico de la ciudad, William Griggs, al no encontrar ningún problema físico en las adolescentes, atribuye el comportamiento de las chicas a la influencia del demonio: las niñas estaban embrujadas. Para él, y para los clérigos, se trataba de un claro caso de brujería. El reverendo Parris comenzó las pesquisas y se enteró de cierto “pastel de las brujas” elaborado por el marido de Tituba, que, según se cuenta, incluía entre sus ingredientes harina de cebada, orina de niño y luego se ponía al horno. Estos fueron los desencadenantes del escándalo. Lo que empezó como una travesura de adolescentes se les escapó de las manos a todos. Las niñas se asustaron tanto que al ser interrogadas señalaron como culpables a las que despertaban más antipatías en la ciudad: a Tituba, a Sarah Good –una mendiga con el hábito de fumar pipa y quizá deficiente mental-, a Sarah Osborne, una tullida casada en terceras nupcias y a Martha Corey, la cuarta acusada que tenía un hijo mestizo ilegítimo.

Fuera lo que fuese, las “brujas de Salem” marcan un hito de intolerancia en la historia mundial. Fue un claro ejemplo de lo que no se debe hacer: prestarse al juego peligroso de creer las acusaciones arbitrarias de unas niñas que estaban mediatizadas por el ambiente y por sus crisis interiores. Fue un caso en el que los jueces se basaban en los testimonios de gente que aseguraba haber conocido la verdad por medio de fantasmas y espectros. El veredicto distaba mucho de ser imparcial. Los acusados pertenecían a clases sociales poco favorecidas. Tituba, por ejemplo, era una esclava y carecía de los derechos otorgados a cualquier otro habitante de Salem.

Como una bola de nieve que ya no puede parar, la opinión publica sólo se conmovió cuando la locura generalizada alcanzó las capas más altas de la sociedad –incluso el presidente de la Universidad de Harvard se vio involucrado en las acusaciones-. Más tarde, el gobernador William Phips regresó a Massachussets desde Québec y perdonó a todos los sospechosos de brujería que aún no habían sido ejecutados. Se dice que lo hizo porque también encontró a su mujer acusada de brujería después de que ella firmara la liberación de una bruja. Eso ya era demasiado. Habían transcurrido dieciocho largos meses desde el inicio de la cacería. Nadie se pudo explicar cómo de unos rumores insignificantes se pudo llegar a esa barbarie.

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