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La firma

El permiso

Al independentismo solo le va a quedar culminar lo que un día yo definí como la ruta dadaísta: tras la declaración simbólica de independencia, la proclamación simbólica de Puigdemont president y, acto seguido, elegir a otro o a otra

De victoria pírrica en victoria pírrica, desoyendo al Consejo de Estado y obligando al Constitucional a hacer contorsionismo, el gobierno salvó la situación con una fórmula cojitranca. No consiguió lo que pretendía, la suspensión del pleno de investidura, pero sí logró frenar a Puigdemont, cuyas posibilidades quedan oficialmente reducidas a la que siempre me pareció su única estrechísima salida: regresar, ser detenido, pedir permiso para acudir al parlament invocando lo ocurrido con el etarra Yoldi en el año 1987, ser investido presidente e irse a la cárcel coronado.

Pero Puigdemont considera que, a día de hoy, aunque él no sea etarra y represente a una mayoría parlamentaria, esperar un permiso como aquel es creer en el hada Campanilla, y que, si viene, se iría directamente a la cárcel sin investidura. Tal precio, por tanto, que al independentismo solo le va a quedar culminar lo que un día yo definí como la ruta dadaísta: tras la declaración simbólica de independencia, y tras la proclamación simbólica de la república, la proclamación simbólica de Puigdemont president y, acto seguido, elegir a otro o a otra. Eso o que siga la bronca y nuevas elecciones. Pero por de pronto, para ir paso a paso, lo primero es saber qué pasa con el permiso: si se pide o no se pide y si se concede o no se concede.

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