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La firma

En el Washington Post

Los periodistas no pueden olvidar, no podemos olvidar, para qué se supone que servimos y a quién se supone que servimos

Este fin de semana he tenido la ocasión de entrevistar a Martin Barron en su despacho de director del Washington Post y escuchar sus reflexiones sobre el periodismo, su presente, su futuro y las difíciles relaciones con la política y los grandes poderes. Barron, que desde la dirección del Boston Globe desenmascaró los escándalos de los curas pederastas, esa investigación que muchos de ustedes vieron en la película Spotlight, transmite un mensaje de fondo tan sencillo como directo: todas las respuestas están en la calidad profesional y en la decencia.

Los grandes cambios tecnológicos y de paradigma nos están desafiando y nos están obligando a ingeniar nuevas fórmulas de actuación, eso es cierto, pero de ningún problema saldremos, ni a ninguna solución llegaremos, si no es por la independencia y por el rigor. Y por el valor cívico. Ese va a ser el verdadero clasicismo, el que nunca debe perderse.

En la casa que desveló el Watergate y los papeles del Pentágono, y que recibe cada mañana los tuits insultantes y amenazadores de Donald Trump, el pensamiento de Barron ordena muchas cosas. Las histerias de estos tiempos de cambio vertiginoso nos hacen andar como pollo sin cabeza, y demasiado a menudo tanto el periodismo como la política están buscando salvavidas y piedras filosofales en la pirotecnia tecnológica o en las recetas milagro. Modernizarse es imprescindible, sí, y debe hacerse sin dudar y con audacia. Pero en este viaje los periodistas no pueden olvidar, no podemos olvidar, para qué se supone que servimos y a quién se supone que servimos. Por encima, incluso, de los propietarios de los medios. Es la radical conclusión de Barron en el límite de la independencia.

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