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La columna de Almudena Grandes

Odio y amor

La sociedad no puede tomar decisiones bajo la presión de su dolor, ni convertir la ley en un instrumento de venganza

La verdad a menudo estropea un buen discurso. Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo nombre ha pasado a la posteridad, sin fundamento alguno, como sinónimo de la sensiblería y el sentimentalismo, fue tajante al declarar que cuando sentía, no escribía. Los escritores sabemos muy bien que los sentimientos los carga el Diablo. La primera regla de mi oficio afirma que, para crear emoción, es fundamental no sentir, instalarse en la distancia adecuada para pensar con frialdad, tan lejos del odio como del amor.

Si esto resulta imprescindible para escribir un poema, o una novela, mucho más debería serlo para tomar decisiones que afectan al destino de las personas. Es cierto que existen seres humanos que, por el bien de la Humanidad, jamás deberían haber nacido. No lo es menos que ciertos criminales carecen de reinserción posible. Pero también es verdad que el endurecimiento de las condenas, incluso la implantación de la pena de muerte, nunca ha demostrado eficacia alguna para reducir la criminalidad. Todas las estadísticas indican lo contrario.

Yo tengo hijos. No sólo comprendo, también comparto en lo más profundo del corazón, la desesperación de los padres condenados de por vida a padecer la pérdida de un hijo o una hija asesinada, un océano de sufrimiento que se regenera, intacto, día tras día. Pero la sociedad no puede tomar decisiones bajo la presión de su dolor, ni convertir la ley en un instrumento de venganza. Soy escritora y sé que cuando siento, no debo escribir. Por eso estoy en contra de la prisión permanente revisable.

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