Natalia Lafourcade y el fantasma de Chavela

La cantante mexicana presenta en España las canciones de ‘Musas Volumen 2’, un segundo viaje por el folclore latinoamericano que ha coincidido con su nominación al Oscar

Natalia Lafourcade durante la presentación de su nuevo disco en la sala Bataclan de París /

En México la muerte se contempla con una mirada diferente y en ocasiones los vivos no están más vivos ni presentes que los que se fueron y las barreras que separan los dos mundos se difuminan. A Natalia Lafourcade (México, 1984) se le apareció el fantasma de Chavela Vargas después de heredar su banda. “Fue en D.F”, explica la cantante con voz pausada. Hace sol en la oficina de su sello en Madrid aunque mucho frío en la calle y Natalia se calla unos segundos como pensando si seguir con esa historia. “Había butacas vacías, era el primer concierto en el que había tantos asientos vacíos, y fue una noche espectacular. El concierto tuvo una energía especial y ahí sentí que estaba Chavela, entre el público, mirándome”, explica con naturalidad, como si la visita de sus heroínas fuese algo cotidiano.

La cantante mexicana arranca esta semana la gira del segundo volumen de ‘Musas’, un disco que recorre el folclore latinoamericano y lo hace acompañada de Los Macorinos, la banda que secundó a Vargas en los mejores años de su carrera. “Chavela, antes de morir, dijo que quería que Los Macorinos tuvieran un lugar, que se les reconociera y que les dieran trabajo. Pidió a su gente que no los olvidasen”, explica Lafourcade. “Ella en algún punto está muy feliz por lo que está pasando con su banda”, añade.

Lafourcade llegó al folclore latinoamericano tarde, pero el golpe fue poderoso. “Fue un reto brutal, pero muy bonito y me ha ayudado a construirme como artista, a tener un fundamento más fuerte”, relata la cantante que habla relajada, despacio, con cierta alegría y de un modo que recuerda a su forma de cantar. “El folclore ha estado presente desde mi infancia pero yo no le había prestado atención, me despertó el interés cuando comencé a trabajar con la música de Agustín Lara (2012) y ese descubrimiento me abrió todo un universo infinito que yo no conocía”. Ese lento despertar se fue convirtiendo en un viaje trepidante, pero un viaje secreto. Cuando comenzó a preparar las canciones de ‘Musas’, Natalia se escondía de todos, quizá también del éxito de su anterior trabajo. “La idea cuando empezamos no era necesariamente hacer discos, solo quería grabar y grabar más y disfrutar del momento con Los Macorinos”. Por un lado, la cantante tenía miedo de que su sello apostase por hacer otro tipo de disco y que le presionarán, por otro, Natalia no tenía más canciones propias y acudió a las de otros y otras, a las de sus musas.

Al margen del éxito de sus álbumes y de la gira que se aproxima, Lafourcade tiene otra fecha en el calendario: el cuatro de marzo, la noche de los Oscar. Natalia está nominada por ‘Remember me’ (‘Coco’, Pixar). “Yo no lo siento que lo vaya a ganar. Me hace ilusión, pero más por la película y la gente que trabajó en ella y me siento rara porque aporté una parte, canté una canción muy bella, pero no sentiría que me llevaría el Oscar aunque me hace mucha ilusión que se lo lleven ellos”, asegura. ¿Si lo ganas? “La idea de pegarle con él a Trump en la cabeza o metérselo en la boca en tentadora”, dice entre risas. “Estados Unidos es especial”, continúa. “Es especial tocar allí. Antes no me gustaba hablar en inglés, pero cuando fui conociendo a mi público de allí me di cuenta de que hay mucha comunidad latina que no habla español, eso se ve mucho en ‘Coco’ si la ves en inglés. Hay toda una comunidad de gente con raíces latinas pero que se ha criado allí o han nacido allí y que hablan poco español, el que hablan en casa, pero que añoran y agradecen la música así. La cultura es algo que va por dentro, en la sangre, más allá de la educación que hayan recibido y es muy bonito verlo”, explica.

Ante toda esta vorágine profesional que vive, Natalia tiende a relativizarlo todo y a restarle importancia a las metas y a los logros y a centrarse más en el camino que en el destino. “Creo que lo más importante que he aprendido es a darle importancia a los procesos, no a los resultados”, apunta mirando por la ventana. Luego se calla, piensa y sigue hablando, despacio, sin prisas. “Hay que disfrutar de cada cosa y disfrutar el momento que lleva aunque sea terrible y confuso. Cuando entendí que las cosas tratan sobre el proceso y no sobre el final, cuando lo entendí bien, comencé a disfrutar mucho más lo que hago”, remata. “Si pudiera darme un consejo a mi yo más joven me diría que menos en más. En la vida, en todo. Es fácil poner y poner, lo complicado es simplificar, quitar”, concluye con una sonrisa, la que se le queda a la gente que acaba de verbalizar una gran verdad.

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