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La llamada de la Historia

Irena Sendler

El “Ángel del Gueto de Varsovia”

La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.

Mi padre era médico y murió cuando yo era todavía pequeña porque se contagió de tifus de varios pacientes a los que sus colegas médicos habían rechazado atender. También a él lo rechazaron cuando contrajo la enfermedad y falleció. Fue el mejor y el peor aprendizaje.

La comunidad judía me pagó los estudios en agradecimiento a la labor de mi padre, ya que muchos de aquellos pacientes eran judíos. Les hablo de esta infancia y de mi vida en general, desde Varsovia, desde Polonia. Pero en la universidad, estudiando enfermería, que sentía de manera vocacional para ayudar, me expulsaron porque me opuse al sistema de discriminación existente.

Fui enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, que llevaba los comedores comunitarios de la ciudad. El trabajo allí fue arduo, pero nunca pensé entonces lo que iba a hacer luego, simplemente surgió.

Fue cuando en 1942 los nazis crearon un gueto en Varsovia, un gueto con unas condiciones de vida imposibles, y fue entonces cuando conseguí para una compañera y para mí, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde conseguí pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se destara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto.

Así fue como a lo largo de un año y medio, tras ver las condiciones que existían en ese gueto, que solo podía terminar en la muerte de todos los que allí estaban, me puse a rescatar a niños. Empezamos a sacarlos en ambulancias, pero pronto todos los caminos eran válidos con tal de que salieran de allí y pudieran sobrevivir: sacos, cestos de basura, bolsas de patatas, ataúdes… cualquier cosa para garantizar la vida de unos niños condenados a una muerte segura.

Me organicé para elaborar un archivo con sus nombres judíos, con sus orígenes y sus familias, al lado de sus nuevos nombres católicos, sus nombres para la supervivencia. Iban a ser acogidos, y dados en adopción pero yo no quería que no supiera su verdadero origen. Este archivo lo guardé en dos botes de cristal y lo planté debajo del manzano de mi vecina, contando con mi propia muerte.

Los nazis supieron de mis actividades y finalmente fui detenida por la Gestapo. En la prisión fui torturada con el fin de que desvelase los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños liberados, niños judíos. Nunca los traicioné. Pude sobrevivir gracias a un soldado alemán que me dejó huir al grito de ¡corra! cuando ya había sido condenada a muerte.

Al día siguiente hallé mi propio nombre en la lista de los ejecutados y seguí trabajando con una identidad falsa. Cuando la guerra terminó, entregué los dos botes con las listas al pimer presidente del Comité de salvamento de los judíos supervivientes. Cierto es que la mayoría de las familias de los niños habían muerto en los campos de concentración nazis.

Cuando mi nombre se dio a conocer, me empezaron a hacer muchas entrevistas y mi fotografía fue publicada en distintos medios así que empezaron a reconocerme niños que ya eran adultos, claro. Fue algo cansado porque empecé a recibir muchas visitas y me dieron unos reconocimientos que no esperé jamás: fui nombrada dama de la Orden del Águila Blanca, la mayor condecoración de Polonia. Fui condecorada también como Justa entre las naciones y fui propuesta por el gobierno de Polonia a Premio Nobel de la Paz.

A pesar de que no puedo no estar agradecida por todo, siempre dije que mis actos fueron la justificación de mi existencia en la tierra y nunca un título para recibir la gloria.

 

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