Laberintos: el símbolo del aprendizaje

Símbolo de culturas paganas y cristianas, estos diseños han prevalecido en la historia de la Humanidad. Muchos de ellos encerraban razones espirituales, aunque también fueron construídos como complejos sistemas defensivos para conseguir desorientar a quienes entren en ellos

El laberinto es mucho más que un elemento ornamental en pavimentos, mosaicos o vasijas. Es mucho más que un juego de la nobleza o la forma caprichosa de un seto. Los primeros ejemplos conocidos se hallan en los petroglifos prehistóricos. En Campo Lameiro, conocido como la capital gallega del arte rupestre, hay catalogados más de 400 petroglifos con círculos concéntricos, laberintos, cazoletas, espirales, trisqueles, esvásticas, cuadrados… y constituyen un gran repertorio figurativo con significado cósmico. Más adelante se utilizaron a gran escala en la cuenca del Mediterráneo, sobre todo en Creta, diciendo la leyenda que fue Dédalo el encargado de diseñarlo por orden del rey Minos para encarcelar al Minotauro que, en clave simbólica, representa siempre nuestros miedos ancestrales e interiores, esos que tenemos que dominar y vencer. Esa es la única forma de superar los vericuetos del laberinto y de salir airosos de él.

Como diseño o dibujo ha aparecido en numerosas culturas paganas y cristianas representando diferentes significados místicos. Los laberintos circulares son similares a las espirales que aparecen grabadas en muchas tumbas prehistóricas, como el espiral triple de la galería funeraria de Newgrange, en Irlanda.

El laberinto clásico suele tener tres, siete u once círculos, en todo caso siempre un número impar. Es más que probable que ciertos templos se construyeran de este modo por razones que sólo conocían los sumos sacerdotes, pero que sin duda tendría que ver con la iniciación, la búsqueda espiritual, la muerte y el renacimiento, sorteado el adepto o neófito diferentes pruebas en el camino. Los encontramos en catedrales góticas católicas, pero también en construcciones megalíticas, muy atrás en el tiempo.

Uno de los más conocidos es el que está situado en el suelo de la medieval catedral de Chartres. Se trata de un circuito de once vueltas que conduce siempre hacia el centro. Decían que el acto de recorrer el laberinto de rodillas se consideraba una sustitución simbólica de la peregrinación a Tierra Santa. Unos laberintos en forma de cruz, que se conocen en Italia con el nombre de “nudo de Salomón”, aparecen muchas veces en la decoración céltica, germánica y románica, e integran el doble simbolismo de la cruz y del laberinto, por lo que se suelen entender como el “emblema de la divina inescrutabilidad”.

Desde la Antigüedad se extendió la leyenda de que los muros de Troya estaban construidos en la forma de un complejo laberinto defensivo, de modo que cualquier enemigo que accediese al interior sería incapaz de encontrar la salida. Esta relación se ha rastreado en algunas piezas halladas en yacimientos etruscos, en Italia, como el jarrón del siglo VII a.C. encontrado en Tragliatella que muestra un laberinto junto a la palabra Trvia y que es probablemente el origen de la asociación del término Troya.

En definitiva, estos laberintos, sean clásicos o univiarios o tipo mazes (para perderse), antes de ser convertidos en algo meramente decorativo y lúdico en jardines regios de Europa fueron auténticos símbolos de aprendizaje, un sendero a seguir no siempre bien comprendido.

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