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La columna

Adiós

Forges se ha ido, nos ha dejado un poco más solos, pero quizás la muerte le ahorre una condena por reeditar algunos de sus viejos chistes de la Transición, no tan distintos de los que pagó tan caros hace poco una tuitera

Forges se ha ido cuando más lo necesitábamos. Su inteligencia, su sutileza, la delicada contundencia de su opinión dibujada, cobra un valor precioso mientras le despedimos entre maniobras oportunistas de toda clase, ataques inauditos a la libertad de expresión, condenas abusivas por delitos de dudosa naturaleza y un libro secuestrado con tres años de retraso y una serie de televisión en marcha.

Forges se ha ido, nos ha dejado un poco más solos, pero quizás la muerte le ahorre una condena por atentar contra el sentimiento religioso, como la impuesta a ese pobre chaval de Jaén que le puso su cara a una imagen de Cristo, o por reeditar algunos de sus viejos chistes de la Transición, no tan distintos de los que pagó tan caros hace poco una tuitera, o por un delito de odio, esa novedad de límites tan indescifrables como la condición del Espíritu Santo. Forges se ha ido y, de momento, nos hemos perdido su opinión sobre el himno de Marta Sánchez, que a mí me ha ofendido por su oportunismo, por su cursilería y por la ínfima calidad de unos versos tan malos que no podrán representarme jamás. Yo tengo tres colores grabados en el corazón, el rojo, el amarillo y el morado, pero nunca demandaré a nadie por denigrarlos, y eso que me sobran candidatos.

Si la libertad de expresión no ampara la burla, el desprecio e, incluso la brutalidad, no existe. Vamos a echar de menos a Forges, que nos enseñó a estrenar un derecho que amenaza con ser la primera víctima de una joven democracia que ha empezado a chochear sin haber conquistado jamás la madurez.

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