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Rosalía de Castro

 Esto escribí parece ser. Pasé la vida escribiendo. Desde pequeña lo recuerdo. Aunque la infancia fue tranquila pero complicada: con una madre primero ausente y luego muy presente y un padre del que no supe nada hasta que lo supe todo.

En mi partida de bautismo figuraba: padres incógnitos. No lo eran tanto, pero ocurría que no se podía decir quiénes eran. Él, un cura. Ella, una noble venida a menos que no debía contar que estaba embarazada de un sacerdote. Yo me enteré de esto cuando tenía quince años.

Así, de mí se hicieron cargo familiares varios, de parte de uno y de otro, hasta que mi madre volvió para atenderme. Fue valiente. La admiraré siempre, nunca pude superar su pérdida. Ella se enfrentó a la sociedad para contar su historia, que era la mía. Y no era fácil.

No fui a la escuela demasiado, y creo que mis faltas de ortografía en algunos momentos mostraron mi falta de muchas cosas, pero lo que sentía quería compartirlo, aunque fuera la pena que llevaba dentro.

La tristeza es una manifestación más de la existencia, y mi salud siempre fue bastante pésima, así que el existir y estar viva lo tenía siempre presente. Aunque me flaquearan las fuerzas en más de una ocasión. Aunque me costara vivir tras haber perdido a seis hijos. Aunque el amor no fuera para mí la sal de la vida sino la de las heridas.

A gaita galega

Poema de Rosalía de Castro

Cando este cantar, poeta,

na lira xemendo entonas,

non sei o que por min pasa

que as lágrimiñas me afogan,

que ante de min cruzar vexo

a Virgen-mártir que invocas,

cos pes cravados de espiñas,

cas mans cubertas de rosas.

En vano a gaita, tocando

unha alborada de groria,

sons polos aires espalla

que cán nas tembrantes ondas;

en vano baila contenta

nas eiras a turba louca,

que aqueles sons, tal me afrixen,

cousas tan tristes me contan,

que eu podo decirche:

non canta, que chora.

Pesimista puede ser. Sensible seguro. Y concienciada del lugar de dónde procedía, sin duda. Porque Galicia era entonces, cuando la habitaba, un lugar roto por la emigración, un lugar que se quedó cojo, un lugar que necesitaba recuperar su sentido, y que necesitaba recordarse lo válido que era. Empezó una transformación de la que yo necesitaba sentirme parte: o rexurdimento galego, la recuperación de la conciencia. El recordar qué es y qué significa ser gallego.

Aunque eso incluya también la emigración, que yo también salí de Galicia por distintas razones. Una de ellas, por amor. A Manuel Murguía, un hombre con el que me casé en Madrid, ahí, al ladito de la radio desde la que hablan.

Finales del siglo diecinueve hablamos. Hablamos de un momento delicado para muchas de las que cosas de las que hablábamos. Mi marido me ayudó a seguir escribiendo, aunque no me ayudara tanto en otras cosas.

Quise mostrar cómo era mi tierra, cómo era el sentir, y también cómo era la mujer de entonces. No sé si lo conseguí, pero al menos traté de hacerlo. Todo mientras trataba de tener una vida propia y cuidar a unos hijos a los que les costaba salir adelante.

No tuve mucho tiempo para vivir y el que tuve no fue de la mejor de las maneras. Cuando vi que todo terminaba, pedí ver el mar al que siempre tuve devoción aunque desde mi ventana no fuera posible verlo. También pedí que todos mis escritos no publicados fueran eliminados.

Lo que nunca pedí fueron todas las cosas maravillosas que sucedieron después: el 17 de mayo es el Día de las Letras Gallegas porque fue el día que se publicó mi libro Cantares Gallegos. Sé que cada mes de febrero también se me celebra, justo cuando sería mi cumpleaños…

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