La columna de Almudena Grandes

A la huelga

Ha llegado el momento de parar para demostrar que, si paramos nosotras, se para todo

Las mujeres trabajamos como mulas. Siempre, desde siempre. Dentro de casa por supuesto, y fuera también. Hace menos de un siglo, las mujeres del medio rural trabajaban en los campos, en los huertos, con el ganado, recolectaban esparto en el monte, hacían la comida, arreglaban la casa, cuidaban de los niños, y no poseían ni un solo céntimo que fuera suyo. En las ciudades, las mujeres limpiaban, lavaban, planchaban para su familia y hacían lo mismo para otras por un salario irregular, ínfimo, impregnado del humillante tufo de la caridad. El dinero que ganaban no se consideraba un sueldo, sino una simple ayuda para sus padres o sus maridos. En mi infancia, las cosas no habían cambiado demasiado. Luego sí. Cambiaron tanto que creímos que ya estaba todo hecho. El feminismo impulsó la única revolución social triunfante en el siglo XX, la única capaz de transformar efectivamente la vida de las personas. Pero la conquista de la igualdad jurídica no bastó para implantarla en la realidad, porque la igualdad no es un concepto relativo, porque no se puede trocear, ni se debe negociar con él. Las mujeres no aspiramos a ser más iguales, sino a ser absolutamente iguales, y para lograrlo, no podemos seguir aceptando que nos traten como a una minoría cuando somos la mayoría de la población, en España y en cualquier otro país. Por eso voy a la huelga el 8 de marzo. Porque las mujeres no hemos hecho otra cosa que trabajar como mulas siempre, desde siempre, ha llegado el momento de parar para demostrar que, si paramos nosotras, se para todo. No lo duden

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