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La opinión

La lección de Patricia

Eso nos hace fuertes como sociedad; lo contrario nos contamina

Pablo Palacios (Cadena SER)

Hace tiempo que no recordaba una lección de humanidad como la que hoy nos ha dado Patricia Ramírez. La petición pública que ha hecho para que no se extienda la rabia como reacción al asesinato de su hijo Gabriel, creo que se basta por sí sola para tapar todas las bocas que pedían pena de muerte frente a la comandancia donde estaba detenida la sospechosa, o a los que han vomitado improperios racistas contra ella a través de las redes sociales.

Vamos a ver, no creo que exista nadie en este país a quien no le hayan pasado por la cabeza frente a un crimen tan horroroso todo tipo de sentimientos, incluido el de la venganza, porque eso forma parte de la condición humana; igual que la maldad, que es ese intangible imposible de definir cuando alguien es capaz de cargarse –y parece que con sus propias manos– a un chaval de ocho años. La diferencia, y a lo que apela la madre de Gabriel, es precisamente a no ponernos a la altura de los malos –o de la mala, en este caso–, a no reclamar el ojo por ojo, a no pagarle con la misma moneda, porque eso no sería justicia: eso sería barbarie. Y la mejor defensa que tenemos para evitarlo es la ley y un Estado de Derecho que vele incluso por esos derechos en las personas más abyectas. Eso nos hace fuertes como sociedad; lo contrario nos contamina.

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Y no deja de ser curioso que este infanticidio coincida con la cita del próximo jueves en el congreso. Porque allí se va a debatir la posible derogación de la prisión permanente revisable, un endurecimiento del código penal para delitos especialmente execrables, que introdujo hace tres años el partido popular cuando disponía de mayoría absoluta. Y claro, el asesinato de Gabriel encaja, porque la víctima es menor de 16 años, como encajaría también si estuviéramos hablando de un violador en serie, de un secuestrador que mata al rehén, de alguien que abusa sexualmente de menores, de alguien que atenta contra infraestructuras básicas, de un incendiario. Ya ven que la lista es larga.

Pero la pregunta sería: ¿eso nos da más seguridad? ¿Elimina, reduce el riesgo de que vuelvan a ocurrir desgracias como esta? ¿O se trata de quedarnos tranquilos metiendo a alguien entre rejas y tirando la llave? Yo pensaba –y sigo pensando– que la reinserción de los delincuentes –por asquerosos que sean sus delitos– es un objetivo irrenunciable. Ojalá en el debate del jueves se recuerden las palabras de Patricia Ramírez. Creo que sería el mejor homenaje a ella y a la memoria de su hijo.

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