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Llamada de la historia

Aleksandra Kollontái

La historia del feminismo socialista. Le dio al matrimonio un carácter civil e igualitario entre cónyuges, facilitó el acceso al divorcio por ambas partes y consiguió la protección estatal a madres e hijos, a la vez que hizo gratuita la asistencia maternal en los hospitales.

Nací en medio de una familia aristócratica. Mi padre era un general al servicio del zar y mi madre, hija de campesinos que se habían hecho ricos gracias a la madera. Nací en medio del esplendor de la Rusia de los zares, dispuesta a pelear por todo en lo que creía desde niña. Tanto es así que el primer enfrentamiento fue con mi madre.

Ella no entendía que siguiese con mis estudios cuando esto era algo del todo inútil para una mujer...No era algo apto ni necesario. Tenía mejor relación con mi padre, quien me enseñó desde siempre la historia y la política. Mi infancia fue feliz, gracias a la buena posición que teníamos. Fue con diecinueve años cuando conocí a mi marido, un joven humilde que a mi madre tampoco le gustó.

De todas formas, prioricé mi vida propia: dejé a mi marido y a mi hijo para estudiar en Zurich, cuando ya estaba afiliada al partido socialista. Hay que tener en cuenta que era Zurich donde estaban todas las jóvenes avanzadas como yo. Llegó el momento de la afiliación al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y fue un tiempo sin parada hasta la revolución bolchevique.

Fui la primera mujer elegida por el Comité Central del Partido Bolchevique ese mismo año de 1917, y luego llevé la dirección de la Organización de Mujeres Soviéticas conocida como Zhenodtel. Hablamos de 1920.

Para mí, como para muchos socialistas, era necesario eliminar el concepto de la familia patriarcal opresora y trasladar la responsabilidad de los hijos y el hogar a la sociedad. Imaginé una red de instituciones como casas-cuna y guarderías, restaurantes y lavanderías públicos, que liberaran a las mujeres de las tareas del cuidado de los niños y de la casa.

Llegó el momento de poder llevar a la práctica la teoría y entonces promulgué, como directora, varias leyes que liberarían a las mujeres a través de sus ideas socialistas. Le di al matrimonio un carácter civil e igualitario entre cónyuges, facilité el acceso al divorcio por ambas partes y consiguió la protección estatal a madres e hijos a la vez que hizo gratuita la asistencia maternal en los hospitales.

Es verdad que las mujeres rusas consiguieron avanzar y al menos plantearse determinados comportamientos y realidades que antes no hacían, pero también es verdad que hubo fallos en mi manera de hacer las cosas. Toda mi obra política estaba demasiado ligada a la figura de Lenin quien me apartó del cargo de directora y de la vida política casi. La destitución tuvo un origen claro: además de defender la liberación de la mujer alejándola del hogar y de la maternidad, la liberación sexual debía ser el siguiente paso en mi estrategia. Pero estas ideas eran demasiado modernas y fueron rechazadas.

Cuando dejé de tener fuerza para ejecutar mis ideas pensé que al menos me quedaba la voz, aunque ya no tuviera cargo, me quedaron funciones diplomáticas y durante más de 20 años, traté de transmitir mis ideas por Europa y Estados Unidos. Pero mientras defendía estas ideas por medio mundo, Stalin revocaba parte de las leyes que habíamos conseguido en defensa de los derechos de la mujer.


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