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El genio de Julio Verne

Julio Verne hizo una síntesis de la ciencia de su tiempo, y supo ver las posibilidades de la tecnología disponible en su época. Hasta intuyó que el hombre habitará en las profundidades del mar y que allí podría obtener alimentos y transformar a los delfines en perros ganaderos para los rebaños subacuáticos.

¿Dónde reside el truco de sus futuribles? Se ha especulado que tenía información privilegiada por el hecho de pertenecer a una sociedad secreta. Pero es sabido que Verne disponía de una biblioteca y un completo fichero y sus colaboradores le preparaban notas muy documentadas de todos los proyectos y adelantos técnicos que se producían en el mundo. No olvidemos que la sociedad que describió era la de su tiempo y sus protagonistas son señores con levita y señoras con miriñaque, que son los que hacen esos viajes extraordinarios.

Sus utopías estaban tan cerca de la realidad, que un buen día de 1896 una le causó algún que otro disgusto: en su novela Ante la bandera su héroe, Thomas Roch, inventa un explosivo extraordinariamente potente, un arma de destrucción masiva, a la que denomina "fulgurador Roch" e intenta venderlo a las naciones del mundo. El químico Eugène Turpin, al cual le debemos el invento de la melinita, creyó reconocerse en ese personaje, que ya son ganas, e interpuso un proceso contra el novelista, que fue defendido ante la justicia por otro ferviente lector suyo que se hizo su amigo, llamado Raymond Poincaré, el célebre abogado que ganó el pleito tanto en primera instancia como en el juicio de apelación. No obstante, en una carta que Verne escribe a su hermano Paul, le indica que realmente había basado el personaje de Roch en la figura de Turpin.

Los elogios que recibió Verne a lo largo de su vida fueron muy abundantes. En febrero de 1870, Ferdinand de Lesseps, en la cúspide de la gloria por la reciente inauguración del canal de Suez, entusiasmado por la obra de Julio Verne, pidió para él la condecoración de la «Legión de Honor». Debido a su influencia ante las majestades, el ministro se la concede, pero antes que el Emperador firme el decreto, estalla la guerra Franco-Prusiana, lo cual no permite que la condecoración se haga efectiva. El autor es finalmente condecorado muchos años más tarde en 1892 por su aporte a la educación y la ciencia. Es el mismo Verne quien declara a Robert Sherard en una entrevista de 1894: Yo fui el último hombre condecorado por el imperio. Dos horas después de firmado el decreto que me hizo miembro de la Legión de Honor, el imperio había dejado de existir. Mi promoción a funcionario se firmó en julio del año pasado.

Fueron muchos los que se sintieron en deuda con él. El explorador francés de las regiones polares, Jean-Baptiste Charcot, llevaba en su barco las obras completas de Verne. El almirante estadounidense Richard Byrd, antes de volar hacia el Polo Sur, confesaba: “Es Julio Verne el que me ha conducido a esta exploración”. Yuri Gagarin, el primer cosmonauta, y Alexei Leonov, el primer hombre en salir al espacio en escafandra en 1965, coinciden al declarar: “Julio Verne es el que despertó en nosotros el deseo de los vuelos interplanetarios”.

Como ocurre con todo personaje famoso es más lo que se quiere saber de él que lo que él mismo cuenta y a veces hasta se inventa. Verne no solía conceder entrevistas y cuando accedía a ser entrevistado, se mostraba casi siempre reacio en divulgar sus métodos de trabajo y, sobre todo, aspectos de su vida personal. Esta es la respuesta a una carta del corresponsal italiano Mario Turiello: “La historia de mi vida no tiene nada interesante, ni tampoco el relato de mis viajes. Un escritor interesa a su país y al mundo entero sólo como escritor”.

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