La columna de Almudena Grandes

Palabra de honor

En cualquier democracia normal, Cifuentes habría dimitido hace semanas, pero esto es España, y Rivera ya ha dicho que se da por satisfecho con una comisión de investigación donde se declare bajo juramento.

Lo que se aprende en la infancia no se olvida fácilmente. Recuerdo a mi madre con expresión seria, en ocasiones casi solemne. Dame tu palabra de honor. La recuerdo también cuando me ofrecía la suya. Te doy mi palabra de honor de que nunca he pensado, he hecho, he dicho tal o cual cosa. En aquella época, o al menos en aquella familia, la mía, la palabra de honor era algo muy serio, un profundo compromiso con la verdad, una garantía de la dignidad personal.

Lo recuerdo ahora, mientras Cristina Cifuentes miente, igual que ha mentido antes, como piensa seguir mintiendo en el futuro aunque sus mentiras se lleven por delante tantas cosas, la reputación de una universidad pública, las carreras de varios profesores universitarios, el prestigio de los expedientes de sus compañeros de máster, todos esos alumnos que sí se matricularon en plazo, que sí fueron a clase, que sí escribieron un trabajo, que sí lo defendieron ante un tribunal. En cualquier democracia normal, Cifuentes habría dimitido hace semanas, pero esto es España, y Rivera ya ha dicho que se da por satisfecho con una comisión de investigación donde se declare bajo juramento.

Todos los españoles sabemos que las comisiones de investigación parlamentarias sólo sirven para explicarle a un niño la naturaleza de los agujeros negros, ese fenómeno de oscuridad tan compacta que impide incluso el paso de la luz. Pero da igual, porque en este país nadie tiene palabra de honor, nadie se compromete por ella, nadie invoca la dignidad de los viejos compromisos solemnes. Y así nos va.

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