La firma

Cordura o locura

Los aspavientos, las ovaciones de los populares en la convención de Sevilla, no engañan a nadie

Lo ocurrido esta semana en dos asuntos tan distintos como Puigdemont y Cifuentes debería servir para virar en dirección a la cordura. En Cataluña el independentismo ha llevado la situación hasta límites insensatos y es absurdo continuar por ellos. No se ha construido nada y se ha destruido muchísimo. La justicia, a su vez, ha forzado hasta tal punto la letra de la ley en torno al término violencia que la ha dejado con medio cuerpo fuera del Código Penal. Dudo mucho que Llarena pueda mantener la acusación de rebelión. Hay que optar por la distensión y el camino no va a ser fácil pero ha de empezar. Y para hacerlo, como dijo ayer noche Felipe González a Jordi Évole, lo primero es que los independentistas decidan formar en Cataluña un gobierno que sea legal. Porque es o eso o avanzar por la locura que propugnan los que apuestan por desquiciar más aún las cosas: los grupos secesionistas radicales que aspiran a instaurar una revuelta permanente, o Federico Jiménez Losantos, que batió la semana pasada todos sus récords con una soflama incendiaria y amenazadora contra los alemanes residentes en España, ideal para excitar a tipos como ese patriota majareta del caballo.

En el caso Cifuentes, la receta del buen juicio es muy clara. Por un lado, en la universidad levantar toda la basura, que parece ser mucha, identificar a los responsables y actuar con mano muy dura y sin contemplaciones. Y, por otra, sustituir a la presidenta. Porque sean los que sean los pecados de la universidad, ella ha dado explicaciones inverosímiles que sabe muy bien que no son ciertas. Porque si Cristina Cifuentes cree de verdad que sí son ciertas, es decir, si cree que en el año 2012 terminó el máster que no terminó, si cree que ese año presentó su tesis ante un tribunal que nunca se reunió, entonces debe abandonar su cargo por razones de salud y ponerse en manos de un buen médico. Los aspavientos, las ovaciones de los populares en la convención de Sevilla, no engañan a nadie. Son simple pánico.

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